Drácula, la obra más famosa del escritor irlandés Bram Stoker, es una novela que sería mundialmente aclamada años después de su muerte, fue en el año 1922, cuando el director de cine alemán F. W. Murnau llevó a la pantalla la obra maestra del cine mudo Nosferatu, y posteriormente cuando el actor húngaro Bela Lugosi encarnó con éxito al malvado conde en diversas películas, cuando el personaje vampiresco creado por Stoker se hizo mundialmente famoso, convirtiéndose en un mito de la cultura universal.

Nacido el 8 de noviembre de 1847 en Clontarf, un pueblecito que entonces aún no había sido absorbido por Dublín, Bram Stoker fue un niño enfermizo. Y en las largas horas de cama, convalecencia y melancolía fraguó un carácter imaginativo y amante de lo oculto, alentado por las historias de terror de tradición gaélica que su madre le contaba para animar sus tediosos días. La invalidez llevó a Bram Stoker a la voluntad de superación, pero fue esta propensión a la fantasía, mezclada con el rigor que le proporcionaron sus brillantes estudios de matemáticas en el Trinity College y desbordada por la fascinación que le provocó en 1871 una obra de la pareja de dramaturgos franceses Erckmann-Chatrian, la que lo conducirá a abandonar su seguro puesto de funcionario local en Dublín (como lo fue su padre).

Influencias y folclore irlandés
Inicialmente, la obra de Stoker se titulaba El no-muerto, y el vampiro que protagonizaba la novela se llamaba Conde Wampyr. Stoker, que trabajó como funcionario en Dublín, nunca viajó más allá de Viena e incluso parece ser que jamás visitó Rumania. En el ensayo publicado en 1998 por la profesora Elizabeth Miller, esta asegura que la documentación de la cual se sirvió Stoker para crear el personaje de Drácula indica que el escritor no poseía tampoco grandes conocimientos biográficos acerca de Vlad III, el sanguinario príncipe valaco del siglo XV en el cual, se cree, se inspiró para escribir su obra. Algunos historiadores sugieren que Stoker no se inspiró en la oscura y brutal vida de Vlad III el Empalador, sino que en realidad sus ideas estaban influenciadas por el folclore irlandés.

El Drácula de Bram Stoker fue uno de los mitos literarios que mejor ha arraigado en el imaginario colectivo hasta el punto de que mantiene hoy plena vigencia y sigue generando nuevas recreaciones artísticas y subproductos tanto culturales como de ocio. Max Schreck fue el primer vampiro del cine para Nosferatu, el clásico que Friedrich Wilhem Murnau realizó en 1921 sobre la novela de Bram Stoker considerada una de las cumbres de la literatura gótica.

La construcción del mito que popularizó Bram Stoker se va consolidando muchas veces asociada a la aparición de epidemias, plagas, la peste, la superstición y los miedos atávicos colectivos que favorecen su propagación entre el pueblo, como el propio contagio hace con la muerte, la violencia y la locura. Un escenario típicamente medieval que contaminaba el acervo popular en la Europa oriental y que vino de perlas a románticos, ávidos de paisajes góticos para componer sus historias de necrofagia, sexualidad, pecado y horror. Sin embargo, no puede obviarse que la incorruptibilidad de la carne remite en el fondo a las ansias de infinitud del alma y, recuerda Siruela, a aqueññas palabras de Cristo que fueron y son, después de Bram Stoker, el sustento de la consagración de la misa: «Aquel que coma mi carne y beba mi sangre tendrá la vida eterna». Tabú demoniaco el ideado por Bram Stoker, la promesa de inmortalidad, contra el que tanto advierte, pero tanto fomentó, la propia Biblia.

Una lenta metamorfosis lleva al vampiro, hecho popular hace un siglo por Bram Stoker, a ir abandonando los atributos animales (alas, garras, cola de pez, ojos llameantes, similitudes con el murciélago) y lo acerca hacia una morfología netamente humana (ojos inflamados, tez cerúlea, orejas puntiagudas, uñas afiladas, cuerpo delgado y encorvado, rostro feo, labios gruesos y rojos, dientes grandes y afilados). Es esta descripción la que refrenda Drácula, que ayuda al vampiro a dar el decisivo salto a la literatura desde la oralidad de raigambre rural a la que lo confinó, demonizándolo, la Iglesia cristiana.

Bram Stoker sentó el canon iconográfico al tomar la tradición folclórica y tamizarla en el cedazo de los modelos de corte aristocrático creados por Polidori (secretario de Byron) y Rumer. Una imagen que está muy próxima a la que Murnau le confiere a Nosferatu en su filme de 1922, en parte gracias a la genial interpretación de Max Schreck. Inspirada directamente en Drácula (el cineasta cambió el nombre para evitar responder por los derechos de autor ante la viuda de Bram Stoker), esta cima de la escuela expresionista alemana inaugura la fulgurante carrera cinematográfica del personaje. La aportación posterior de Bela Lugosi (dirigido en 1931 por Tod Browning) será definitiva en el esfuerzo por profundizar en la humanización: la dignidad mortificada del héroe trágico acerca a Drácula al seductor clásico, que ya en contadas ocasiones aparecerá como un ser abyecto y horrendo. La recreación de Coppola de 1992, Drácula, de Bram Stoker, sí dará a Gary Oldman esa tortura física de la transformación cual remedo del doctor Jekyll y míster Hyde.

Un escritor sin pretensiones
Escritores como el también irlandés Oscar Wilde dijeron que Drácula era la obra de terror mejor escrita de todos los tiempos y Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, dijo de ella que “es que es muy de la época victoriana”. Drácula se confirma como el triunfo del terror gótico de la época, que crea personajes tan emblemáticos como Frankenstein, el doctor Jekyll o Mister Hyde.

Los conocimientos teatrales de Stoker, dotan a Drácula de una atmósfera y de una fuerza que hacen que el personaje no sea tan sólo una criatura siniestra que se levanta de la tumba por las noches para chupar la sangre de los vivos, sino también un ser implacable poseedor de una mente muy aguda.
Pero en realidad, Stoker nunca se sintió un novelista. De hecho, la literatura estaba ahí como lo estaba la crítica teatral o sus trabajos como periodista. Y aunque el reconocimiento mundial le haya llegado a través de la mirada de un vampiro, el escritor irlandés no siempre abrazó el género del terror. Su primera obra, El país bajo el ocaso, fue un libro de cuentos donde aparecen seres fantásticos como hadas, ángeles, trolls y castillos, y estaba profundamente influenciado por la figura de su madre, la cual en su niñez le había contado historias protagonizadas por muchos de esos seres fantásticos.

 

Su muerte
Su última gran novela, La dama del sudario, repite la fórmula de Drácula. Construida en base a documentos apócrifos y ambientada en un imaginario país de los Balcanes en los albores del siglo XX, la novela se nutre de correspondencias privadas, diarios e informaciones de prensa para sumergirnos en una trama gótica llena de aventuras extrañas e inquietantes (como la aparición de la protagonista envuelta en un sudario). La novela narra la historia de un joven modesto que hereda una inmensa fortuna, pero que para poder hacerse con ella se verá obligado a instalarse en el castillo de Vissarion, enclavado en el brumoso y bárbaro País de las Montañas Azules.

A decir de sus allegados, en su último aliento Bram Stoker murmuraba “strigoi, strigoi” (“espíritu maligno”, en rumano) mientras apuntaba con el dedo a un lugar en penumbra de la habitación. La escena recuerda a los tristes años finales del actor Bela Lugosi (quien mejor puso rostro a Drácula), abandonado en una residencia y con confusión de personalidad, que tan acertadamente homenajeó el cineasta Tim Burton en su bello pero irregular filme Ed Wood.

Al contrario de lo que se ha dicho, la primera aparición literaria del gran personaje de Bram Stoker no hay que buscarla obsesivamente en el relato El invitado de Drácula. Este cuento, independiente y no desgajado del cuerpo principal como se pensó, fue escrito de forma paralela por Bram Stoker mientras diseñaba su obra mayor y trabajaba en las notas para acometerla, casi como un ensayo.

Dos años después de la muerte de Bram Stoker, el relato fue incluido por su viuda, Florence Balcombe, necesitada de dinero, en un volumen que reunía varias piezas breves. Bram Stoker da cuenta de una aventura en los alrededores de Múnich del invitado inglés de Drácula que movido por su escepticismo se adentra en un valle en busca de un pueblo maldito para los habitantes de la zona, y lo hace además a solo unas horas de la noche de Walpurgis. No es el único cuento notable del ramillete.

Diría más, Bram Stoker tiene en El entierro de las ratas uno de sus grandes hitos creativos más allá de la antología que edita el sello coruñés Ediciones del Viento (siguiendo la versión original de 1914 y en una nueva traducción).

Leave a comment