Son trescientos sesenta y cinco las oportunidades, los momentos, las experiencias y los días que nos acompañan en el año. Todo cambio debe ser sustentado desde la raíz. Si tienes alguna meta en especial, lo primordial es que inicies un cambio desde tu interior y no sólo en las expectativas que generas desde el exterior. Así como las estaciones del año llegan a su fin, también lo hacen las fiestas, vacaciones, amistades, y hasta una relación sentimental. Todo lo que hacemos en algún momento llega a su fin. ¿Por qué? Porque así es, nada es eterno, todo es temporal. Y por ello, debemos de aprovechar y vivir al máximo nuestra vida; disfrutar de cada instante, persona, experiencia, amistad o momento. De todo lo que nos toque vivir hay que disfrutar, agradecer y aprender.

La vida es como una estación de tren, donde suben unos, bajan otros, despidiéndose temporal o definitivamente. Por eso, debemos de aprender a desprendernos —aunque en ocasiones nos cueste—. Hay que soltar, dejar ir, para darle la oportunidad a nuevas personas, experiencias, éxitos y aprendizajes. 

Aunque en ocasiones no estemos listos para cerrar un ciclo, no podemos sentirnos culpables. Somos humanos. Y está en nuestra esencia ser aprensivos. Sin embargo, una vez que decidimos “cerrar la puerta” a eso que terminó, al mismo tiempo estamos abriendo “otra” hacia un camino distinto; un nuevo comienzo. Es por eso que, al momento de decir adiós, estamos diciendo hola a una nueva historia. Debemos de entender, mentalizarnos y estar abiertos a la posibilidad del cambio, sin frustrarnos. No olvidemos que el hubiera no existe y es mejor vivir haciendo las cosas sin tener que mencionarlo.

Hay que recordar que todas las personas que cruzan nuestro camino tienen una misión. Por algo las conocimos, algo nos vinieron a enseñar, sea bueno o no. Ninguna persona viene a nuestra vida en vano. Asimismo, cada lugar al que llegamos tiene un propósito que más tarde descubriremos.

Para poder cerrar un ciclo, no hay que olvidar, sino descubrir la evolución y el impacto dentro de uno mismo. Por más cruel que parezca, debemos recordar todo lo que vivimos en ese momento (que puede o no doler), dar gracias por ello y dejarlo ir. Es imposible que todos los recuerdos sean malos. Así que hay que aprender de lo sucedido, aceptar lo vivido y no pretender olvidarlo, pero sí superarlo. Al final, todo aquello son experiencias que nos han hecho madurar. Es momento de agradecer por los que estuvieron —y hoy no están—; de todo aquello que aprendimos, por lo que tuvo su momento —y hoy ya no—. Apreciar cada instante que nos ha hecho llegar hasta este día. Agradezcamos por lo que vivimos ayer. Porque gracias a eso, logramos ser las personas que somos hoy.

“Lo que no dejas ir, lo cargas. Lo que cargas, te pesa. Y lo que te pesa, te hunde. Practica el arte de soltar, perdonar y dejar ir”.

 

Por: Marisol Robles Salomón

Instagram: @marisoolrs

 

 

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