Con sonrisa sincera y un saludo cálido, el Dr. Alfredo Quiñones-Hinojosa da la bienvenida a cada paciente y sus seres queridos. Su acento cariñoso y una presencia que inspira confianza es, en gran parte, lo que ha logrado establecer su trabajo de una forma muy especial. “La dificultad de lo que hacemos no esta en la cirugía—está en la conexión emocional que formas con los pacientes”, comenta en su biografía Becoming Dr. Q (Convertirse en el Dr. Q), de la cual es coautor.

Creció en las afueras de Mexicali, Baja California, siendo el mayor de seis hermanos, y de acuerdo a su relato, de niño tenía pesadillas acerca de que debía salvar a su familia de incendios, inundaciones y avalanchas. Su interés por la medicina pudo surgir de este sentido de la responsabilidad y de la muerte de su pequeña hermana (a quien dedica sus memorias) a causa de colitis. A los seis años, él quería ser astronauta.

Aún cuando eran una familia humilde, el pequeño era excepcional en las escuelas públicas, y se graduó con una licencia de enseñanza de una universidad local cuando tenía sólo 18 años.

Quiñones-Hinojosa trabajó en la gasolinera de su padre desde los cinco años; la familia vivía en un departamento ubicado en la parte de atrás. Pero a medida que la economía de México decaía, el negocio también y con ello el sustento familiar.

El padre de Alfredo tuvo que vender la gasolinera y prácticamente no ganó nada. Después supieron que había fugas en los tanques subterráneos. Antes de perder el negocio comían carne una vez a la semana. Luego, eso se convirtió en un lujo. Tenían que conformarse con tortillas de harina y salsa, relata Quiñones en su libro.

Algunas visitas al Valle de San Joaquín, en California, donde su tío Fausto trabajaba como capataz de un rancho, le dieron a Alfredo un panorama de Estados Unidos y el sueño americano.

A los 14 años pasó dos meses ahí quitando maleza de los campos para ganar dinero y llevarlo a su familia. “Ese dinero ganado con trabajo duro probaba que las personas como yo no estábamos indefensas ni desvalidas”, cuenta en su libro.

Cuando era adolescente, Alfredo creía que sería profesor de primaria. Aunque tenía excelentes calificaciones, le asignaron una zona rural aislada para trabajar como docente. En sus memorias, Quiñones cuenta que sólo los jóvenes con dinero y buenas conexiones políticas obtenían trabajos en las ciudades.

Su tío aceptó recibirlo otra vez en el rancho de California para que pudiera complementar sus ingresos. Entonces le surgieron dudas sobre su futuro como profesor y empezó a formar un plan en su mente.

El viaje a Estados Unidos

Alfredo sólo tenía 65 dólares cuando, un día antes de cumplir 19 años, en 1987, decidió viajar a Estados Unidos para una estancia más prolongada. No pensaba en las leyes, sólo quería salir de la pobreza y regresar cuando pudiera ayudar a su familia, dice.

Arriesgándose a una detención, la deportación e incluso la muerte, Alfredo tenía un plan: cruzaría la frontera con un salto tipo Spiderman, pasaría la cerca de cinco metros y medio, saltaría el alambre de púas y caería en California, cuenta.

Cuando lo hizo, agentes fronterizos lo recogieron y lo enviaron de vuelta a México.

Otros se hubieran rendido, pero Alfredo no. Una hora después de su primer intento, volvió al mismo lugar para ejecutar una maniobra igual pero más rápida. Esa vez tuvo éxito.

Con la ayuda de su tío, Quiñones regresó a los campos del Valle de San Joaquín. Los cultivos estaban llenos de maíz, uva, tomate, algodón, melón, brócoli y coliflor. Él vivía en un remolque parchado con madera contrachapada, y después compartió un departamento de una recamara con cinco miembros de su familia.

“Actualmente hay un gran sentimiento en contra de la inmigración, pero cuando yo llegué, Estados Unidos me dio la bienvenida”, dice Quiñones. “Necesitaban mi trabajo y yo los necesitaba”.

Alfredo recuerda que mientras conducía el tractor veía pasar a los agentes de inmigración. Se llevaban a otras personas, pero de alguna manera él los esquivaba. Si lo hubieran detenido en ese momento, quizá no habría llegado a ser neurocirujano en Estados Unidos.

Quiñones quería ganar dinero suficiente para alimentar a sus padres y a sus hermanos quienes después se fueron a EU también y pretendía volver a México con algunos ahorros. “Cuando ganas 3.35 dólares la hora, te das cuenta de que ese sueño va a durar mucho más”, dice.

Un día en el campo le dijo a su primo que quería ir a la escuela, aprender Ingles, y tener un mejor futuro, pero su primo lo miro con sorpresa y le dijo “¡Este es tu futuro! Tu viniste a este país a trabajar en el campo así como nosotros.” Negado a aceptarlo, Alfredo comenzó a asistir a la escuela, aprendiendo inglés, dando apoyo a otros estudiantes hispanos en matemáticas y ciencia, practicando sus habilidades de comunicación en el equipo de debate.

Fue alrededor de este tiempo cuando casi muere. Aún siendo inmigrante ilegal, trabajaba como soldador para el equipo de ferrocarril el 14 de abril de 1989, cuando, con sólo 21 años, cayó en un tanque de petróleo vacío, una caída de aproximadamente 18 pies. Vivo, comenzó a escalar una cuerda que le habían aventado sus compañeros y vio su vida pasar frente a sus ojos. Al llegar arriba y agarrar una mano para jalarlo hacia afuera, Alfredo se consumió por las toxinas y cayó de nuevo al tanque. Despertó en la unidad de cuidados intensivos de un hospital cercano.

“Como si me hubiera transformado, ya no me importaban las trampas de la riqueza ni los sueños de fortuna que me habían motivado antes”, escribió en sus memorias. “Siempre he sentido que todo lo que me ha pasado desde ese momento ha sido un regalo. Yo no pienso que estaba destinado a salir de eso.” Fue una llamada milagrosa, una experiencia que trata de darle a sus pacientes cada día en cirugía: tienes suerte de estar vivo, ahora vive tu vida al máximo.

Una educación diferente

Alfredo asistió durante dos años a la escuela técnica San Joaquin Delta College. Estudiaba en la mañana y trabajaba para la compañía California Railcar Repair en la tarde. No entendía la diferencia entre el concepto de un community college o escuela técnica y una universidad. Pero un amigo estadounidense y su familia lo orientaron y lo alentaron a inscribirse en una institución más grande y prestigiosa.

Para su sorpresa, Quiñones-Hinojosa recibió ofertas de varias universidades, recuerda. Escogió la Universidad de California, Berkeley, porque le ofrecieron una beca y porque había sido el epicentro de un movimiento social durante la década de 1960. Ingresó a los 23 años.

Pero el ambiente no era del todo favorable. Un profesor asistente le dijo una vez: “No puedes ser de México. Eres demasiado inteligente para ser de México”. Alfredo no contestó, aunque el comentario molestó. Después, esas palabras se convirtieron en un estímulo para demostrar que esa gente estaba equivocada.

Siguiente parada: la Escuela de Medicina de Harvard. Cuando se inscribió, las minorías representaban el 18% de la población en Estados Unidos, pero en escuelas de medicina sólo eran el 3.7%, escribió Quiñones-Hinojosa en un artículo publicado en el New England Journal of Medicine. Mientras era estudiante obtuvo la ciudadanía estadounidense, en 1997.

Uno de sus compañeros de medicina le dijo que nadie podía pronunciar “Alfredo Quiñones” y le sugirió cambiar su nombre por “Alfred Quinn”. En lugar de eso, alargó su apellido al agregarle Hinojosa, en honor a la familia de su madre. En la escuela también adoptó el apodo de Dr. Q, y ahora sus pacientes así le dicen.

El cerebro era su destino. Un viernes por la noche, cuando el hospital estaba casi vacío, un neurocirujano prominente lo detuvo y le preguntó si quería ver una cirugía.

“Me dijo: ‘Vamos ahora mismo’”, recuerda Quiñones-Hinojosa. “Me dio la ropa quirúrgica y caminé hacia al quirófano para ver a este maravilloso paciente que estaba despierto y al cual le hacían un mapeo para una cirugía del cerebro”.  Ahora, él es especialista en el mismo procedimiento.

“Alfredo es un cirujano excepcional, y cuida a los pacientes con tumores en el cerebro de una manera muy humana, muy hábil”, dice el médico Henry Brem, presidente del Departamento de Neurocirugía en Johns Hopkins. “Su misión no sólo es ofrecer la mejor atención posible, sino también hacer investigaciones de vanguardia para entender mejor las enfermedades y encontrar mejores tratamientos”.

A pesar de la carrera prominente de Alfredo, su amigo Edward Kravitz, profesor de neurobiología en la Escuela de Medicina de Harvard, lo describe como alguien con los pies en la tierra.

“Es fácil hablar de él. Te da su mano para estrecharla, y te da un cálido apretón. Es muy amigable. Nada presuntuoso”.

El Dr. Q se graduó cum laude y dio el discurso en la ceremonia de graduación de medicina en Harvard, clase de 1999.

Operando el cerebro

Para los siguientes seis años el Dr. Quiñones (como ya oficialmente era) hizo su internado, residencia, y trabajo post-doctoral en la Universidad de California San Francisco. Durante este tiempo encontró su llamado como neurocirujano y en el 2005 ingresó a Johns Hopkins como profesor y cirujano especializado en cáncer cerebral y tumores pituitarios. Sus títulos oficiales hoy incluyen Profesor Asociado de Cirugía Neurológica, Profesor Asociado de Oncología, Director del Programa de Cirugía de Tumores Cerebrales en Johns Hopkins Bayview Medical Center, Director del Programa de Cirugía Pituitaria en el Hospital Johns Hopkins, y recientemente fue nombrado Profesor y Jefe de Neurocirugía de Mayo Clinic en Jacksonville, Florida.

El Dr. Q. opera unos 250 tumores cerebrales cada año. Usa su sala de operaciones como una extensión de su laboratorio. Quiere aprender sobre el aspecto motor del cerebro, lo que hace que las células “se muevan como arañas” y cómo atacarlas.

Está trabajando en un método para utilizar las células grasas para combatir el cáncer cerebral. Los científicos obtienen células madre mesenquimales de la grasa, que aparentemente son efectivas para identificar el cáncer.

“Es como darle a un perro de caza algo para oler”, dice Quiñones. “Le damos a las células el olor del jugo de cáncer y regresan a perseguirlo increíblemente bien”. Por la forma en la que habla sobre el cerebro, puedes notar que Alfredo ama lo que hace.

Él considera que el cáncer cerebral es “la enfermedad más devastadora que afecta al órgano más hermoso de nuestro cuerpo: el cerebro. Puedo sonar parcial porque soy un neurocirujano, estudio el cerebro; pero no lo soy, es el órgano más hermoso de nuestro cuerpo”.

Retribuir

En ciertos aspectos, Alfredo Quiñones-Hinojosa es un “tipo normal”. Quiere que sus tres hijos sean felices. Intenta hacer ejercicio para mantenerse en buena forma, en especial para los maratones que corre junto a sus pacientes para reunir dinero para la lucha contra el cáncer de cerebro.

Para él, el llamado sueño americano no es tener una casa grande y auto de lujo, sino poder retribuir lo bueno que le ha pasado y ha logrado. Por lo menos una vez al año viaja a Guadalajara para practicar cirugías gratuitas y ofrecer varias conferencias.

“Invierte en ti mismo, porque el talento existe en México. Yo se los digo: he abierto cerebros de mexicanos, estadounidenses, alemanes, chinos, judíos, de cualquier raza y religión, y jamás he visto una diferencia”, recomendó en una conferencia.

Hoy, a sus 48 años, después de haber estudiado en prestigiosas universidades y haberse convertido en un exitoso neurocirujano, Disney y Brad Pitt están trabajando en una película sobre su vida.

FRASE:

“No soy un genio. Simplemente he trabajado muy, muy duro, y quiero que nuestros niños, nuestras futuras generaciones se den cuenta que ellos también pueden cumplir con sus sueños.

–Dr. Alfredo Quiñones-Hinojosa

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