El 6 de octubre de 1995, durante su periodo de Sesiones número 53, la Asamblea General de las Naciones Unidas en un documento titulado Declaración y Programa de Acción sobre una Cultura de Paz, donde se reconoce de manera oficial que la PAZ no es solamente la ausencia de conflictos sino un proceso destinado a que estos procesos se solucionen.

No es mi intención analizar aquí si la ONU lleva o no décadas fracasando estrepitosamente en su intento de pacificar al mundo sino en la manera en cómo podemos ser cada uno de nosotros un agente promotor de la paz.
Es indudable que, como un paso previo a la paz se tiene que llegar al respeto. ¿Y de dónde viene el respeto? El respeto viene del reconocimiento que yo realizo del valor de la dignidad de mi persona como una característica inseparable del ser humano y de la capacidad que yo tengo de identificar esta dignidad en todas las personas del mundo.

Empecemos por el lenguaje: ¿Se han fijado cuánta gente en nuestra comunidad se refiere a sus amigos como “wey”? Esta expresión proviene de la palabra BUEY, que significa originalmente un toro castrado y que por extensión significa tonto”. Es con estos pequeños detalles, aparentemente insignificantes, que se va socavando, paso a paso, la capacidad de reconocer plenamente la dignidad humana en nuestros semejantes. El castellano tiene palabras tan hermosas y llenas de significado como amigo, compañero, hijo, hermano y colaborador para referirnos a las demás personas con quienes interactuamos.

En nuestras ciudades vemos claramente cómo los valores están invertidos: En las plazas comerciales, en los cines, las camionetas se estacionan en las banquetas y las personas caminan en las calles. A veces nos molestamos, pero en ocasiones hasta desearíamos tener una camioneta con llantas grandotas para poder estacionarnos sobre la banqueta. Nos pasamos los semáforos rojos y no falta quien se ponga en doble fila para dar vuelta a la izquierda sin hacer fila como todos los demás conductores.

¿Y entonces qué hacemos?: Es muy sencillo: no necesitamos cambiar el mundo. En la medida en la que nosotros seamos conscientes de lo que ocurre estaremos cambiando nosotros y para los demás. Partamos del principio de que todos somos educadores: De nuestros hijos, de nuestros sobrinos, de nuestros ahijados, de quienes dependan de nosotros en el trabajo. Y por lo mismo tenemos que ser intolerantes a las faltas de respeto: en cuestiones tan simples como respetar una fila, un lugar de estacionamiento, un turno en el gimnasio.

Y por supuesto debemos promover los valores tradicionales tan ricos y tan hermosos como la cortesía y la caballerosidad. Y la caballerosidad no es una cuestión exclusiva de los caballeros. Recordemos que existen caballeros porque existen damas: abrir una puerta, cargar una bolsa o acomodar una silla. El uso de palabras como “por favor” y “gracias”, las cuales como decía un personaje de la televisión, son auténticas palabras de poder.

Todo esto es una labor titánica. Ejercer y vivir la cultura del respeto y de la paz requiere valor, energía y determinación. Empecemos donde debemos comenzar: en los hogares, en las escuelas, en los centros de trabajo. Y sí, es cierto que la violencia que vivimos es una realidad aplastante y devastadora. Pero los buenos siempre somos más.

Mahatma Gandi decía; No puedo concebir una mayor pérdida que la pérdida del respeto hacia uno mismo.

 

 

 

Por: Erendira Paz
Psic. Clínica
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