Las caras sombrías del Tiempo están en nuestra imaginación, en nuestra percepción y pensamientos, que nada tienen que ver con la realidad y el momento presente que estemos viviendo. Aunque sean imaginarias, esas caras, producen sufrimientos que, a querer y no, se vuelven nuestra realidad y modifican la forma en que vemos la vida, y hasta la salud física y mental. Pueden, incluso, llevarnos a la depresión, a enfermedades y hasta a la muerte.

Una de las principales enseñanzas que Oriente tiene para Occidente es la del desapego, la de dejar ir el pasado para enfrentar al futuro ligero de equipaje. En nuestras vidas, es muy común que carguemos con maletas muy pesadas; la del pasado que nos atormenta, y la del futuro que esperamos.

El tiempo nos atormenta porque nosotros lo permitimos; porque siempre tenemos “presentes” nuestras frustraciones pasadas y futuras; porque no empezamos las cosas en el instante en que vivimos, sino desde un resentimiento que viene de atrás, y también porque no estamos viendo en el instante el paso que debemos dar, sino la meta a la que queremos llegar.

En la vieja serie de televisión Kung-Fu, un joven estudiante pregunta cuándo se convertirá en un maestro; el maestro le contesta que en diez años, a lo que el alumno le pregunta en cuánto tiempo será un maestro si se esfuerza el doble que el resto de sus compañeros de estudio, a lo que el maestro le contesta que en 20 años; decepcionado, el alumno pregunta cuánto tiempo le tomaría ser maestro si se dedicara al estudio cada minuto de cada día sin apenas entretenerse en comer o dormir, a lo que el maestro le responde que en 30 años… Después de un largo silencio, el alumno pregunta por qué, si se dedicara más que nadie al estudio, se tardaría más que cualquiera en ser un maestro, a lo que su mentor le contesta: “porque si no quitas tus ojos de la meta, no podrás ver el camino”.

De la misma manera en que el alumno se preocupa por la meta y no por el camino, es como la cultura de competencia y consumo nos obliga a tener una percepción engañosa y poco saludable del tiempo. El tener asuntos no resueltos en nuestro pasado y en nuestra formación afectiva nos hace querer satisfacer de manera inmediata nuestras carencias; queremos llenar nuestros vacíos con cosas, y a obtenerlas ahora, en este instante, sin considerar que tendremos que pagar por ellas más de lo que valen después.

Si no nos damos el tiempo para reflexionar sobre qué carencias del pasado son las que queremos llenar, ni cómo llenarlas de manera saludable, mucho menos nos detendremos a pensar si los objetos con los que queremos “sentirnos bien” verdaderamente nos traerán algún beneficio, ni las consecuencias de comprometernos a pagar por ellas. El principio que rige a la sociedad de consumo es precisamente el de la compra impulsiva. Vivir en el aquí y en el ahora no significa que todo lo que queramos haya que obtenerlo de manera inmediata, sino en ubicar en cada momento dado cómo me siento, cómo puedo sentirme mejor y qué necesito empezar a hacer para conseguirlo.

El que quiere ser lo que cree que tiene que ser, y tener lo que cree que debe poseer, en el menor tiempo posible, no está viviendo en el aquí y en el ahora; está adelantando el futuro, persiguiendo el horizonte.

Esto no significa que no debamos tener ambiciones o que los planes de vida sean malos; lo que significa es que los planes de vida deben estar hechos para eso, para vivir bien, mejor, lo más libre de preocupaciones que se pueda y de la manera más plena posible, lo que sólo se logra no cargando con el pasado como un lastre, sino como un bagaje de experiencias de auto-descubrimiento, así como evitando cargar desde hoy todas las presiones del futuro y las preocupaciones por lo que todavía no se presenta… Hacerlo no es ser previsor, sino preocuparse de más y sin fundamento por lo que quizá nunca se presente. La diferencia entre la previsión y la preocupación puede parecer mínima, pero existe y es muy clara, y es la siguiente: prevenirse te hace sentir tranquilo ante el futuro; preocuparte te hace sentir temeroso ante el mismo.

Por: Manuel Sañudo Gastélum

Coach y Consultor

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