A propósito de buenos modales… Primero que todo, le agradezco a la editora de la Revista Gente que me haya invitado participar en esta edición especial de Moda Septiembre, mediante estas opiniones que poco tienen que ver con los prontuarios convencionales, y que espero que le den al lector unas ideas de qué decir en momentos que requieren de buenos modos. Pero, ¿por qué son tan importantes? La cortesía, y los buenos modales, abren puertas hacia una vida adulta exitosa y feliz, además de que facilitan y armonizan la convivencia.

A casi nadie le gusta dar condolencias, pero tampoco somos muy dados a felicitar; pues tanto en un caso como en el otro lo que predomina es un sentimiento, una emoción, en las partes involucradas. Pero no sabemos expresar las emociones, o no queremos hacerlo, pues el ego se atraviesa “aconsejando” en uno u otro sentido y eso, definitivamente, entorpece y esconde la emoción. El ego no sabe de emociones y predica desde un andén supuestamente racional y por eso prefiere sujetarse a un reglamento apropiado que le guíe sobre qué, y hasta cómo, condolerse o ser propio en circunstancias difíciles… Difíciles, precisamente a juicio del propio ego.

No por ello desmerezco la utilidad de tener un guión al cual acudir; precisamente porque, en el fondo, tememos que el ego no nos dé una respuesta propia, adecuada y socialmente aceptada. Esa es la ventaja de contar con un prontuario.

Prontuario o no, me permito narrar una experiencia reciente. Lo que son las coincidencias, apenas recibí la invitación de la editora y luego me enteré del fallecimiento del esposo de una prima hermana. Tomé el teléfono para hablar con ella y, a decir verdad, no sabía qué iba a decirle, como no fuera una frase estereotipada, con un dejo de fingimiento y falsedad. Al principio, la llamada fue angustiosa para mí, pues estaba sucediendo precisamente lo que quería evitar: estar repitiendo, como periquito parlante, una sarta de frases agarrotadas -“lo siento mucho”, “comparto tu pena”, “te deseo una pronta resignación”, y así por el estilo. Ninguna frase me hacía sentir bien y, lo más importante, creo que a ella tampoco. Finalmente, algo me iluminó y simplemente seguí la línea del corazón, la de decir lo que estaba pre-sintiendo que la haría sentir mejor a ella, y también a mí. Sobra decir que esta experiencia que comparto no necesariamente aplica en todos los casos; trátese de condolencias o felicitaciones.

Hace muchos años se tomaba como modelo el famoso “Manual de Carreño”, que fundamentó normas en las cuales se encuentran las principales reglas de civilidad y etiqueta que deben observarse en las diversas situaciones sociales. Es un texto clásico sobre etiqueta y buenas maneras, escrito por el venezolano Manuel Antonio Carreño Muñoz, en 1853. El texto, ha sido reeditado numerosas veces en muchos países de Latinoamérica y fue un libro de referencia fundamental para diversas generaciones en el mundo, pues recoge las formas, elementos y reglas sobre buenos modales para relacionarse con los demás en un contexto social. No obstante, en la actualidad, a este otrora obligado libro de referencia, a la gran mayoría les parece fuera de moda.

Sabemos que las costumbres cambian con los tiempos, pero los buenos modales no; estos permanecerán a lo largo de nuestra vida y tienen su origen en el hogar. ¡Qué agradable es tratar con una persona que tenga un buen comportamiento! Que muestre pequeños gestos y palabras con las cuáles exprese su consideración y respeto hacia los demás. Y eso es lo que recomiendo hacer, en el caso de dar una condolencia o felicitación, mostrar respeto, sentimiento auténtico, desde la mismísima flor de la piel y del corazón. La mayoría de las veces el conduelo o la felicitación se demuestran mejor con un abrazo, con una palmada en el hombro, unas lágrimas o sonrisas sinceramente  valen más que mil palabras y que si queremos que los demás nos traten con respeto, nosotros debemos darles el mismo trato.

Manuel Sañudo Gastélum

Coach y Consultor

www.manuelsanudocoach.com.mx 

manuel@entusiastika.com

DR © Rubén  Manuel Sañudo Gastélum.

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