Aristócrata de nacimiento, Marella Caracciolo se casó con uno de los hombres más carismáticos y poderosos de Italia, Gianni Agnelli, conocido como L’avvocato, juntos llegaron a ser lo más parecido a una familia real italiana, sinónimo de elegancia y estilo, y todos querían ser como ellos.

 

El día en que la elegante Marella Caracciolo di Castagneto se casó con el carismático Gianni Agnelli, confluyeron dos mundos privilegiados. Por parte de la novia, el de la aristocracia italiana, constituida por gente como su padre, el príncipe Filippo Caracciolo, cuya familia reinó en Nápoles. Por parte del novio, el de los Agnelli: poderosa estirpe de industriales del norte, artífices de la Fiat y lo más parecido a una familia real en la república italiana.

 

Se casaron en un castillo cerca de Estrasburgo, ya que el padre de la novia era el secretario general del Consejo de Europa. La recepción la organizó, de forma impecable, su madre, la millonaria estadounidense Margaret Clarke. La novia vestía de Balenciaga, tenía 26 años y con aquel matrimonio dejaba el que quizás haya sido el único trabajo remunerado en su vida, ser la editora en Italia de Condé Nast (editorial de Vogue), tras haber trabajado durante 18 meses en Nueva York como asistente del fotógrafo de moda Erwin Blumenfeld.

 

 

“Una vez casada, tuve que dejarlo. Simplemente, no tenía el tiempo de ocuparme de todo”, escribió en sus memorias, Marella Agnelli: The Last Swan (El último cisne), publicadas por Rizzoli.
Estar casada con uno de los hombres más ricos de Italia le enseñó que no era tan sencillo como había imaginado. En el libro, la autora cuenta como, durante los primeros meses como señora Agnelli, se pasaba horas en el sofá, leyendo novelas francesas: “La vida”, escribe, “¡parecía una vacación constante!”.

 

 

Fue su marido quien puso fin a aquel dolce far niente, mediando para que la condesa Volpi, una formidable aristócrata veneciana, le enseñara a ser la perfecta anfitriona y dama de sociedad. La instruyó en cosas como cuántos juegos de sábanas se precisan para cada cama y dónde se bordan las iniciales, cuántas vajillas de porcelana son necesarias y cuántos sirvientes debía de contratar para cada casa. También le dio este consejo: “Para cazar a un hombre todo lo que se precisa es una cama, pero se necesita un hogar bien organizado para conservarlo”.

Marella captó aquello perfectamente y dedicó parte de su vida a cumplirlo. Como explica su sobrina, Marella Caracciolo Chia, coautora del libro, en sus 60 años como señora Agnelli: “Marella ha creado quince casas, (…) ha plantado cuatro jardines, tan grandes y bien hechos que se describen como parques. Ha creado su propia línea de tejidos y ha trabajado con algunos de los más grandes arquitectos, decoradores y paisajistas de su tiempo”.

 

 

En las mansiones de la pareja se plasmó una vida privilegiada, dedicada a viajar, decorar residencias, organizar y asistir a cenas y fiestas, salir a navegar en compañía de John F. Kennedy (“era guapo y carismático”), comprar obras de arte para construir viviendas-museo en base a ellas y posar para fotógrafos como Richard Avedon, quien tras retratarla en 1953 la apodó “el cisne”.

 

 

Así la llamaba también Truman Capote, al que conoció en Nueva York, su ciudad favorita durante años. La suya fue una amistad intensa: “Cuando lo conocí, había leído dos de sus libros, Desayuno con diamantes y A sangre fría, y lo consideraba un joven genio”. Compartieron vacaciones por el Mediterráneo e infinidad de cenas, fiestas y vernissages. “Me descubrí contándole cosas que nunca habría soñado contarle a nadie. Truman era capaz de crear una sensación de intimidad muy intensa. Pero estaba esperando, como un halcón”.

 

 

Cuando Capote publicó, en 1975, su novela Plegarias Atendidas, un roman à clef donde desvelaba secretos de sus amigas de la alta sociedad neoyorquina, Marella, indignada, dejó de hablarle. Lo mismo hicieron el resto de cisnes que también fueron sus íntimas durante años. Aquella novela fue el principio del fin de Capote, pero no de la vida de Marella Agnelli, que siguió discurriendo por los cauces privilegiados a los que estaba acostumbrada.
Sin embargo, no todo fueron compras, aparecer en las listas de las más elegantes, yates y vacaciones. Su hijo Edoardo, el mayor de los dos que tuvo con Agnelli y adicto a la heroína durante años, se suicidó en el 2000. Fue un golpe contundente para su esposo, quien poco a poco se dejó caer y murió en el 2003, un revés muy fuerte para Marella acentuado por el enfrentamiento con su hija Margherita por el reparto de la herencia.

 

 

Sin perder los nervios, la viuda de Agnelli se fue a buscar la paz en sus casas y jardines, que para ella eran “una parte central” de su vida. Adquirió una singular propiedad en Marrakech, con el propósito “de ocupar mi tiempo y energías en los años venideros”. La casa y, en especial, su fabuloso jardín, un exquisito vergel llegaron a ser: “Lo más cercano a mi idea de lo que es la felicidad”.
El 23 de febrero de 2019, a los 91 años de edad, la noble matriarca del imperio Agnelli falleció en su casa de Turín, su principal lugar de residencia desde que se casó con Gianni Agnelli en 1953.

 

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