Hace unos días, platicando con varias amigas, mientras saboreábamos un café les comentaba mi interés por encontrar un buen tema para escribir en esta primera colaboración; una de mis amigas me platicó que había visto un documental acerca de algunas mujeres que habían sobresalido en diferentes ámbitos de la vida. Mujeres triunfadoras que representaban en todo su esplendor la fuerza y el empuje que caracteriza al género femenino.

Sin embargo, además de tener en común el éxito, también tenían en común el fracaso en sus relaciones amorosas, éstas mujeres, destacadas cada una en su profesión no habían logrado sobrevivir en sus relaciones de pareja.

Y entonces comenzaron las preguntas –¿por qué sucede esto?, ¿es acaso la envidia, el coraje, los celos los que terminan aniquilando la vida amorosa de estas mujeres exitosas? ¡Vaya tema para comenzar mi colaboración! Y puse manos a la obra. No quería de entrada que la parte del feminismo me ganara, quería ser justa al analizar el por qué de esta situación que se presenta tan frecuentemente en las relaciones de pareja, sobre todo cuando es la mujer la que tiene el éxito profesional.

Definitivamente, por naturaleza, el hombre es el que está diseñado para ser él proveedor. En los inicios de la humanidad el hombre salía de cacería y la mujer se quedaba al cuidado de la casa, ambas tareas importantísimas para el bienestar de la tribu. Obvio, los tiempos han cambiado –gracias a Dios– y ahora tanto mujeres como hombres tenemos las mismas oportunidades de destacar, entonces ¿qué es lo qué pasa?

Creo que el factor más importante que hace del éxito profesional un verdadero escollo en las relaciones de pareja es el apego afectivo. Walter Risso lo define como “una vinculación mental y emocional (generalmente obsesiva) a ciertas personas, originada en la creencia irracional de que este vínculo proveerá de manera única y permanente, placer, seguridad o autorrealización”. Es importante enfocarnos en la palabra permanente ya que se crea la falsa ilusión de que el amor es indestructible, eterno, inmodificable, por lo tanto creamos una dependencia tal a la persona, que no soportamos la idea de renunciar a los cuidados y atenciones a los que de principio estábamos acostumbrados.

¿Qué quiere decir esto? Cuando una relación comienza, el vínculo que se crea entre esas dos personas parece indisoluble, la emoción está presente en todo momento e idealizamos cada instante que pasamos con esa persona, sobrevaloramos el amor dejando de lado nuestra autonomía emocional, y creamos una dependencia tal que pensamos que “sin él o ella, no podremos sobrevivir ni realizarnos como personas”. Y es entonces que se presenta la sensación de abandono, generando a su vez la frustración que da paso a los demás sentimientos que hablamos al principio.

Pero, ¿por qué es más común entonces que el hombre no logre superar que la mujer sea la que sobresalga si la dependencia emocional surge de ambas partes? Según un estudio que se hizo en la Universidad de Búfalo por la psicóloga Lora Park y sus compañeros Ariana Young y Paul Eastwick en el año 2015, descubrieron que la sensación de masculinidad del hombre disminuía –así se deducía por sus respuestas– cuando se encontraban en proximidad física con una mujer que consideraban más inteligente que ellos, así que imagínense, además de soportar el desapego emocional se tiene que luchar contra la sensación de sentirse menos hombre.

Hace un rato leí que una mujer segura es la mayor inseguridad de un hombre, y desgraciadamente aún en pleno siglo XXI seguimos en la lucha por lograr un equilibrio en nuestras relaciones profesionales y amorosas. Pero esto sólo se logrará en la medida en que los hombres logren superar todos esos tabúes que los hacen empequeñecer ante una mujer grandiosa. ¿Cómo? Tema para nuestra siguiente colaboración. Un abrazo.

Por: Graciela Cueto Serrano

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