En mi artículo anterior “Mujeres grandiosas, ¿hombres pequeñitos?” escribí que el hombre por naturaleza es el proveedor, pero, ¿saben qué? No es verdad, la realidad es que este rol ha sido asignado por la misma sociedad.

Si nos remontamos al principio de los tiempos, el hombre y la mujer trabajaban hombro con hombro para el bienestar de la tribu. El hombre y la mujer, antes de ser sedentarios, antes de establecerse en un sólo lugar, trabajaban en conjunto para sobrevivir. Además, el promedio de vida era de 20 años, por lo que tanto hombres como mujeres tenían que hacer el papel de madres y padres debido a la cantidad de huérfanos que existían; era una organización social en la cual ambos sexos cooperaban en la educación, por así decirlo, de los que quedaban huérfanos.

Aquí vemos un gran ejemplo de la evolución cultural que se iba fraguando. Pero, ¿en qué momento se presenta esa división de roles entre hombres y mujeres?

Las divisiones de género entonces son construcciones socioculturales que se fueron dando conforme a conveniencia de las diferentes estructuras político-sociales que prevalecían conforme la civilización fue avanzando. Sobre todo la civilización occidental, fruto de las diferentes culturas y religiones que fuimos adoptando y en las cuales es por demás obvio el rol principal que el hombre juega dentro del proceso evolutivo de la civilización, dejando de lado la participación activa de la mujer.

Es necesario decir que en algunas sociedades el papel que juega la mujer es preponderante al grado que es el hombre el que hace los trabajos que en este mundo occidental están dirigidos exclusivamente a las mujeres. No es mi intención realizar un trabajo antropológico acerca de este tema. Pero sí es importante comprender que el hombre no está diseñado o programado genéticamente para ser el proveedor. ¿Y saben algo?, todo esto lo escribo pensando en el papel tan difícil y lleno de compromisos que el hombre ha adquirido al asignársele el papel protagónico.

Tal vez, en su momento, y en otros tiempos, este rol que el hombre representaba realmente era asumido y valorado en toda su magnitud por el género masculino. Pero en estos tiempos creo que sólo ha logrado un amplio escollo en las relaciones interpersonales.

Es evidente que el hombre al igual que nosotras las mujeres requiere de apoyo emocional, desgraciadamente es tanto el tabú que existe ante la idea de sentirse débil por parte de los hombres que prefieren callar y vivir en silencio el alto grado de estrés al que están sometidos por temor a la crítica.

Tengo una gran admiración por el género masculino y realmente reconozco el gran esfuerzo que realizan al tratar de ser la fuerza que mueve toda la estructura familiar, sobre todo cuando se trata del aspecto económico, por lo tanto es importante que el hombre empiece a generar cambios en su estructura mental y social.

Soy de una generación de mujeres que fuimos criadas por madres machistas, porque les recuerdo que somos nosotras las que terminamos dando ese toque de machismo en nuestros hijos. Ahora nos toca criar y crear hombres capaces de aceptar en toda su plenitud sus necesidades afectivas, hombres que sean capaces de ver su hombría reflejada en el desarrollo intelectual y profesional de su mujer, hombres que sean capaces de reconocerse débiles y ¿saben qué?, de reconocerse también maltratados, heridos. Hombres que sean capaces de decir con todas sus letras “necesito ayuda”, y mujeres realmente capaces de aceptar que también ellos lloran, sufren y se emocionan.

Creo que es momento de empezar a unir corazones, emociones y dejar de lado las expectativas creadas por nuestra cultura, por nuestra crianza. El hombre y la mujer al final de los tiempos caminan juntos sembrando y transformando todo aquello que tocan. El hombre y la mujer, según Jacob Bronowsky, “planean, inventan, realizan nuevos descubrimientos armonizando sus diversas capacidades, poseen un cúmulo de dones que los hacen únicos entre los animales”.

El hombre debe estar más consciente de que su rol no es algo per natura y que puede cambiar y si eso lo hace más libre y feliz, pues mucho mejor.

Nos distinguimos de los demás animales por nuestra riqueza imaginativa y sobre todo por nuestra capacidad de comunicar, entonces, ¿qué esperamos? Hagámoslo afectiva y efectivamente, sólo así se logrará una sociedad armónica, libre y en total ascenso hacia prosperidad.

Por: Graciela Cueto Serrano


Experta en Comunicación y Desarrollo Humano

FB/Graciela Cueto en Pláticas de Café

@gracielacuetos

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