El verso de Neruda nos da la pauta. “El mes de Marzo vuelve con su luz escondida” y aquí y así en la espera de la primavera el deseo es que florezca el ansia de reflexión.

¡Qué afortunados somos los mazatlecos!, a diario testigos de cómo se funden en idilio pasional mar y cielo; pareja perfecta, la regla se rompe, cuerpos volubles se atraen. El océano danza al ritmo que le pega la gana para cortejar al cielo, la bóveda celeste escoge colores para vestirse de mañana o de ocaso para agradar al mar…

El Cielo se define a menudo como el espacio en el que se mueven los astros y, por efecto visual, parece rodear la Tierra.

La tradición popular a través de la Bamba nos canta que “para subir al cielo se necesita una escalera grande y otra chiquita”. José Antonio Méndez, en su bolero intitulado “La Gloria eres tú”, es contundente: “Dios dice que la gloria está en el Cielo/ que es de los mortales el consuelo al morir/ Bendito Dios porque al tenerte yo en vida/ no necesito ir al cielo tisú /Alma mía, la gloria eres tú”.

Posadas, nuestro gran ilustrador, utiliza la frase: “El cielo por un beso” para decorar la portada de un cancionero. Alguna vez, enfadados del letargo de observar sólo por observar el cielo, los antiguos griegos jugaron a ponerle nombre a las estrellas.

A Galileo Galilei, por andar de mirón del Cielo, lo condenaron a prisión de por vida y toda su obra fue prohibida hasta hace un siglo. Jaime Mausan, en la década de los 80, llega a un pueblo de la sierra sinaloense, ante el rumor de que “objetos voladores no identificados” se entrevén en el cielo por las noches; entrevistando al alcalde del lugar, le pregunta: “¿hay Ovnis volando en su municipio?” El edil serio le contesta: “yo pa´riba volteo muy poco”. Para Augusto Monterroso, el maestro del cuento breve, que digo breve, brevísimo: “El único problema de irse al Cielo es que allí el cielo no se ve”.

Un ateo postrado en una cama de hospital, padeciendo su desahucio, mira hacia el techo y se rinde, termina sus días clamando: “permíteme Señor gozar de Tú compañía en el Cielo”.

Los arquitectos, en su afán de querer tocar al cielo, construyen ciudades verticales. Ya Amado Nervo en su tiempo advertía: “¡nos han robado nuestro cielo azul!”; si los niños vienen de París vía una cigüeña, el contacto con el cielo es inevitable.

¿Pero qué es el cielo? Para los creyentes como yo, el Cielo es destino, patria final y a la vez comienzo de una nueva historia, la mejor historia.

Somos parte de una generación la cual, en su afán comodino de evitar el sufrimiento a como de lugar, ha sido víctima de su propia ambición. La sociedad con la que lidiamos cancela sitio a la ilusión, a los sueños válidos.  El egoísmo, la distracción y la indolencia, nos hacen alejarnos de la construcción de un presente pleno, humano, pero sobre todo digno. Violencia, pobreza, marginación, olvido, han dejado de ser descripciones de zonas alejadas y se han convertidos en lugares comunes.

Estamos perdiendo nuestra capacidad de asombro, ¿qué estamos haciendo para mejorar esta situación? Hoy más que nunca creo que vivir es una gran ganancia, pero creer es el premio Mayor. “Las personas espirituales son más felices, gozan de una salud mental superior, lidian mejor con el estrés, tienen matrimonios más satisfactorios, son más saludables y son más longevos” y no lo digo yo, me baso en un estudio del International Journal for the Psychology of Religion.  Nos estamos abandonando y no estamos dejando huella, entonces ¿Quién creerá en nosotros?, ¿cuántas veces hemos volteado al Cielo solicitando la respuesta?

Twitter: @luisrobertogm

Instagram: @leerporlaveredatropical

*El autor es abogado y escritor, intelectual pop y filósofo urbano y ya sin tanta crema a los tacos es un mazatleco orgulloso de su terruño.

 

Leave a comment