El nombre exacto de esta mujer es largo, María de la Soledad Leona Camila Vicario Fernández de San Salvador y más amplia fue su trayectoria de lucha hasta convertirse a juicio de las instituciones de su tiempo, como Benemérita y Dulcísima Madre de la Patria, lo cual fue reafirmado el 12 de diciembre de 2019 por el Congreso de la Unión mediante decreto aceptado por el Presidente de la República el 27 de diciembre de 2019, que lo mandó publicar en el Periódico Oficial de la Federación, el 30 de diciembre de ese año, para cobrar vigencia del 1° de enero hasta el 31 de diciembre de este año.

Todo esto con una salvedad, en este último documento se le escamoteó el calificativo de dulcísima; quizás porque vivimos tiempos de amargura femenina, con tantas mujeres sacrificadas en una actitud criminal que denota una degradación del sentido humano. Dejemos por lo pronto esta circunstancia que tiene que resolverse por la vía de la acción de las instituciones del Estado y las familias, en un proceso cultural de trabajo constante y sostenido.

        Volviendo a la Leona de nuestro interés, tenemos que acotar que ella nació en la Ciudad de México, un 10 de abril de 1789, en el seno de una familia criolla y acomodada; en ese año George Washington asumió la presidencia de los Estados Unidos y el pueblo francés enardecido, lleno de ilusiones democráticas asaltó la fortaleza de la Bastilla de San Antonio, en la ciudad de París, iniciándose así, lo que fue la Revolución Francesa, que tan amplias repercusiones tuvo en el mundo.

Muy querida y consentida por su padre Gaspar Martín Vicario, regidor perpetuo de la Ciudad de México, hombre que amasó una gran fortuna, el cual la impulsó a desarrollar su imaginación, mediante una relación basada en el disfrute de cuentos y aventuras que la hicieron inventar mundos posibles.

Ávida lectora imaginó viajar por el mundo montada en briosos corceles junto a su padre; se divertían ante esta audacia de una niña de cabellera amielada y ojos de un atractivo color de clarísimo café. En esos diálogos don Gaspar le decía que podía lograr todo lo que quisiera y no detenerse ante nada, esta enseñanza generó en ella una actitud, que chocó con las convenciones de su tiempo impuestas a las mujeres.

Leona, fue el nombre que escogió por representar la libertad natural de una niña y jovencita que aspiraba a conocer el mundo y no vivir encerrada; con esta actitud remontó la orfandad de padre y madre a los 18 años, en 1807.

Como rica heredera y en minoría de edad, quedó bajo la tutela de su tío materno Agustín Pomposo Fernández de San Salvador, distinguido abogado y rector de la Real y Pontificia Universidad del Virreinato de la Nueva España, el cual también sintió una gran debilidad filial por su sobrina.

Esta soledad de Leona se vio fortalecida cuando decidió vender su antigua casa y construir dos, una para ella y otra para su albacea; logrando consolidar su libertad, convirtiéndose en una joven de 19 años que logró vivir sola, ante el escándalo de una ciudad que la puso en el centro de las críticas. Sin embargo, todo lo soportó y siguió su vida de reuniones literarias donde se juntaban intelectuales y amantes de las bellas artes, para disfrutar lo que se llamó tertulias, para estar al tanto de lo que pasaba en el ámbito  del Imperio Español y de otros lugares.

Así, en 1808, cuando las tropas napoleónicas invaden España, logrando la renuncia de los reyes españoles a su pretendido mandato divino, provocan un gran sacudimiento en todas las posesiones españolas, Leona en esa coyuntura conoce en el despacho de su tío, al también joven yucateco Andrés Quintana Roo, quien llegó a la Ciudad de México a realizar sus prácticas de abogacía.

Este encuentro con un joven ilustrado y de encendida oratoria la impactó y nació en ella un amor a primera vista, y sincera como era, de una prístina honradez, desató el compromiso de noviazgo y próximo matrimonio con Octaviano Obregón, al que le gustaba la actividad política,   a partir de entonces se establece una relación con Andrés,  fincada en la comunidad de ideales libertarios de un criollismo que aspiraba a gobernarse a sí mismo. 

Seguiremos con esta zaga vicariana ya que en este año, las mujeres tienen en esta representación simbólica, la oportunidad de posicionarse como componentes de una sociedad que espera mucho más de ellas.

 

Por: Gilberto J. López Alanís

Director del Archivo Histórico General del Estado de Sinaloa

Correo: alo44_99@yahoo.com

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