Hay personas que parece que no nos van a abandonar nunca, nos hacen sentir que nunca partirán y que el tiempo no pasa. Puede que demos esto por sentado porque siempre han estado ahí, acompañándonos en nuestro día a día, aunque no hayamos cruzado con ellas ni una simple mirada, como es el caso de Ennio Morricone, quien falleció a los 91 años de edad tras dejarnos un legado repleto de bandas sonoras imperecederas.

Con la pérdida del más icónico y popular de los mal llamados “compositores de bandas sonoras”, se va una forma de entender el cine y el arte popular del siglo XX. Ennio Morricone supo, como nadie, condensar la faceta de compositor intelectual, músico popular y casi estrella del rock, capaz de llenar estadios con sus conciertos cuando ya era un octogenario. Fue el hilo de unión entre el cine comercial, de género, de autor y político. Pero, sobre todo, fue un trabajador incansable, estajanovista, cartesiano, meticuloso y obsesivo: “La inspiración no existe, solo existe el trabajo, el tesón, la constancia”, dijo en una ocasión.

Clásico de formación y vanguardista de vocación, siempre estuvo fuera de las modas. Tenía la capacidad para saltar de un género a otro casi sin inmutarse, ya que su música era un género en sí mismo. Así fue como se mantuvo en primera línea durante más de cinco décadas. Podía pasar de trabajar con Sergio Leone o Bernardo Bertolucci a, inmediatamente después, escribir la música de un wéstern de serie B o de un filme erótico japonés protagonizado por Cicciolina. Ni entendía ni se tomaba el éxito en serio, tan solo le interesaba la música. Y para él, el cine era una fuente inagotable de experimentación.

 

 

En su obra se puede llegar a una conclusión musical pasando por tres películas anteriores, que muchas veces eran (geniales) borradores de una obra final sublime. En su música pueden convivir con perfecta fluidez el vanguardismo más arriesgado y la música concreta con la más comercial, elegantes melodías con otras que sobrepasaban el límite de la cursilería, el sonido más delicado y también el más vulgar. Y siempre era pretendido, buscado, pensado milimétricamente, según las necesidades que él entendía que tenía cada película.

Tenía la asombrosa habilidad para, como la energía, no crearse ni agotarse, sino transformarse. Cuando llegaba a un punto donde parecía que su música se anquilosaba o se repetía, Morricone ofrecía una obra totalmente nueva, y que era el germen de un ciclo distinto. Nunca se quedó atrás. Inventó la música del spaghetti-western en Por un puñado de dólares (1964), y la reinventó en Hasta que llegó su hora (1968). Incluso se permitió el lujo de parodiarla en Mi nombre es Ninguno (1973), cuando el género empezaba a agotarse. Al mismo tiempo, alumbró la música de casi todos los subgéneros de la cinematografía italiana, en una época tristemente irrepetible: del giallo de Argento y Fulci, al cine político de Petri y Pontecorvo, el drama romántico de Bolognini, el asumido feísmo sonoro de las inclasificables obras de Pasolini, o el erotismo soft de Patroni Griffi.

 

 

También alcanzó notoriedad en Francia, al reinventar el polar a las órdenes de Verneuil o Boisset, y trabajó en España con Almodóvar (¡Átame!).
Su relación con Hollywood fue más bien agridulce. Aunque escribió la música de algunos filmes a lo largo de los años, como Dos mulas y una mujer (Don Siegel, 1970), El exorcista 2: el hereje (John Boorman, 1977), Días del cielo (Terrence Malick, 1978) —su primera nominación al Oscar— o La cosa (John Carpenter, 1982), se negó a seguir trabajando en EE UU, ya que se consideraba mal pagado. No fue hasta el apabullante éxito de La misión (1986) cuando se asentó en la industria y se convirtió en unos de los compositores mejor valorados y remunerados. Obtuvo otras cuatro candidaturas al Oscar, que siempre le eran arrebatadas. El codiciado premio le llegó tarde, en forma de galardón honorífico, en 2008. Después consiguió otro a la mejor banda sonora por su colaboración con Tarantino en Los odiosos ocho (2015).

 

 

Pop star
La gimnasia musical que practicó en decenas de arreglos que a fines de los años cincuenta compuso para los cantantes pop de la RCA lo convirtió en un atleta de alto rendimiento que creó muchas de las mejores bandas sonoras de la segunda mitad del siglo XX e inicios del XXI. “Guarda come dondolo”, el twist de Il sorpasso (Dino Risi, 1962), fue compuesto por Morricone.

A Mina le compuso la música de “Se telefoneando” (1966), y cuenta Morricone que la concibió “haciendo cola para pagar el recibo del gas”. La estrenó la también llamada Tigresa de Cremona y más tarde fue interpretada por Françoise Hardy, Franco Batiatto, NEK… En 1971 compuso, junto a Joan Baez, “Here’s To You” para la cinta Sacco y Vanzetti. En 1984 colaboró con Metallica en “The Ecstasy of Gold” y en 1987 participó con Pet Shop Boys en “It Couldn’t Happen Here”.

Pero como su vocación no era el pop e inicialmente tampoco el arte de las bandas sonoras (que a decir de él mismo “se le fue dando con el tiempo”), Morricone encontraba el tiempo para componer su “música absoluta” (la que más le importaba), música libre de compromisos comerciales que lo llevaría a las grandes salas de concierto. “Hasta entonces no me había dado cuenta de la necesidad del público de establecer contacto conmigo, sus ganas de descubrir mi obra en vivo. Quise saber de qué se trataba y me gustó”. Quince conciertos para piano, 30 piezas sinfónicas y una ópera…, en eso consiste cuantitativamente la “música absoluta” de Morricone, en la música que apreciamos más frecuentemente que en sus bandas sonoras el lirismo místico que caracterizaba su estilo. Cuando se le preguntaba si la música era capaz de acercarnos a Dios, Morricone respondía: “La música está cerca de Dios y es el único arte que nos aproxima al Padre Eterno y a la eternidad”.

 

 

“El Mozart del cine”
Morricone era un padre de familia responsable. Se casó en 1956 con María Travia, con quien tuvo cuatro hijos. Por ellos trabajaba a destajo. Llegó a realizar la música de una banda sonora en una semana. Pasolini, Tornatore, Leone, Fellini, Joffé, Scola… Almodóvar le encargó el score de ¡Átame! (1989) y cuenta Morricone que Almodóvar “escuchó la música para el filme sin decir nada. Me dejó muy desconcertado, inquieto. Luego coincidimos en alguna premiación y entonces me dijo que le había gustado”. También trabajó con Tarantino en Los 8 más odiados, cinta por la que en 2016 obtuvo un Oscar. En una premiación, Tarantino dijo: “Morricone es el Mozart del cine”. “Bah, ni él se lo cree”, respondió Morricone.

Un Oscar honorífico en 2006, diez David de Donatello, tres Globos de Oro, seis BAFTA, dos Grammy… A decir de Morricone, “el premio más importante es la satisfacción que mi trabajo les causa a los directores que me contratan”. El hombre que sin ceder a la vulgaridad introdujo silbidos, armónicas y guitarras eléctricas en sus partituras cinematográficas ha muerto en Roma a los 91 años. Él, que supo empatar lo familiar con lo inusitado, lo habitual con lo misterioso y lo novedoso con lo tradicional nos deja la tarea de volver a disfrutar sin imágenes, o con imágenes, su obra musical.

 

 

 

Leave a comment