“Si quieres cambiar al mundo, cámbiate a ti mismo.”

(Mohandas Karamchand Gandhi)

Conforme crecemos en edad nos vamos colmando de conocimientos muy diversos. Así, llega el tiempo en que creemos que ya estamos preparados para dar las respuestas acertadas a los problemas, hasta que el reiterado enfrentamiento con el fracaso nos hace dudar de lo aprendido.
El aprendizaje no es una meta en sí misma, no es un destino, es una jornada, interminable, por cierto. En ese proceso de enseñanza vemos a muchas personas que se niegan a renunciar a lo aprendido, no obstante que ello los arrastre a ninguna parte o a cometer abundantes errores.
He aquí que es provechoso desaprender lo aprendido, y no nada más concentrarse en añadir nuevas ideas, pues de no ser así, el viejo conocimiento –y las actitudes y reacciones correspondientes acostumbradas por años– prevalecerán sobre lo nuevo. E incluso impedirán que penetren en nuestro pensar, y mucho menos en nuestro actuar.


Eso es desaprender: eliminar de la red neuronal del cerebro las conexiones que hicimos en el pasado, y es dificultoso; pues, así como nos tomó décadas armarnos de un equipaje de respuestas para la vida, los problemas y los negocios, es de esperarse que también nos tome una buena dosis de tiempo deshacer algunos principios —inoperantes y obsoletos— insertados en nuestra mente. Es algo que está en el tejido de las emociones, y por ello toma un lapso desaparecerlo de las reacciones de alarma ante los peligros que emulan situaciones pasadas desagradables.
Desaprender equivale a vaciar nuestra computadora mental, a limpiar los archivos y programas que ya no aplican. Eso liberará espacio —y el funcionar de los viejos programas— en la capacidad cerebral para dar la bienvenida a los nuevos conocimientos, para afrontar con éxito a un entorno cambiante.
Esta opción de desaprender, tratándose de un director o dueño, debe ser prontamente transportado al total de la organización; la que, seguramente, también estará plagada de paradigmas inútiles, pero que se atesoran y custodian celosamente porque provienen de “La Alta Dirección”. Nuevamente, se afrontará el reto de hacer que toda una cultura empresarial —y sus personajes— se deshagan de indebidos conocimientos.
Recordemos un ejemplo histórico, conocido de todos: ¿durante cuántos siglos la gente creyó que la tierra era plana?, ¿cuánto tiempo le tomó a Cristóbal Colón convencer a sus patrocinadores que le ayudaran a demostrar lo contrario? Y una vez que lo demostró, ¿cuántos años más pasaron para que la colectividad humana modificara su pensar?
Claro que ahora, con los medios electrónicos, y una mayor apertura de mente de la humanidad, la comunicación se facilita. Sin embargo, es más fácil admitir un novedoso conocimiento científico o tecnológico que admitir que es nuestro propio cerebro el que debe de ser reprogramado.


Ahora, volvamos a la realidad personal y de los negocios para cuestionar qué sí y qué no es de utilidad, como parte de nuestras nociones y aprendizajes. Decidámonos a sustraernos los pensamientos que son improductivos, entre ellos los adagios —cómodos, pero mediocres— como el que dice que “ya se es demasiado viejo para cambiar”.
Es preciso superar obstáculos, tales como el qué dirán, la inercia, la comodidad de la rutina, la inseguridad de soltar lo aprendido, la flojedad de mudar de aires, la oposición de los demás, por mencionar algunos de los inconvenientes.
Es necesario concienciarse de que es uno mismo quien puede ser su propio enemigo o su mejor aliado, en la imperiosa búsqueda de mejorías. Cada quien debe de ser capaz de crear su propia realidad, de su vida, de su familia, de su empresa, de su comunidad.
Todo empieza por la cabeza, en el más amplio sentido de la expresión.

 

Por: Manuel Sañudo Gastélum

Coach y Consultor
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