Durante el ejercicio de mi profesión como psicóloga he detectado la actitud y necesidad (¿o necedad?) de las madres de familia de competir entre ellas para convertirse en la mamá que tiene inscritos a sus hijos en el mayor número de actividades extraescolares. Y si en el pasado se hablaba de las mamás posesivas, parece que hoy está de moda convertirse en el Uber o Cabify de los niños. Suena duro, pero es real. En muchos casos los niños hacen sus tareas escolares o ingieren sus alimentos en el carro durante los traslados.

De manera contradictoria, los mismos padres que arman tremendos escándalos porque los niños no están listos a su hora para salir a la escuela o para sus actividades extraescolares, son los mismos que les cargan las mochilas, que los peinan al bajarse del carro y que hasta les atan las agujetas. Y en medio de tan tremendas contradicciones quieren y esperan criar hijos competentes y competitivos.

Igualmente es difícil de entender —y esto se nota más con la cuarentena— que las mamás claman con frecuencia que los colegios les encarguen menos tareas a sus hijos cuando ellas mismas se encargan de saturarles la agenda —en condiciones normales— con cursos que supuestamente son lo mejor para su desarrollo físico e intelectual. Todo para llegar a que cenen, se bañen y a dormir para que estén listos para repetirlo de nuevo al día siguiente. Los sábados todo el día a clases de idiomas y los domingos son para la clínica de fútbol a las 7 a. m., misa, visitar a los abuelos…

Parece que muchas mamás quieren convertir a sus hijos en Messi o Mozart; preparando a los hijos para un supuesto futuro anhelado y deseado por ella, sin embargo, no preparamos a los hijos para afrontar la vida real, las frustraciones, negociaciones que tendrán que realizar ellos y principalmente para las traiciones que vivirán en algún momento de sus vidas. Esa pequeña gran parte real de la vida, la bloqueamos, para mostrarles un mundo no existente, hay que programar a los hijos para que aprendan a negociar con sus compañeros, con sus maestros, hasta con los mismos padres.

Las emociones se están convirtiendo en un producto más de mercado. Prevalece la idea de que la inteligencia emocional será una habilidad indispensable en el futuro de cada hijo. La educación emocional no es decirle al niño todo el rato lo guapo y lo listo que es. Es necesario educar en la empatía, la tolerancia a la frustración y el autocontrol. No tenemos que educar a un hijo perfecto sino criar personas.

La hiperpaternidad es un fenómeno norteamericano y es una causa de ansiedad en los padres. La perfección la podemos encontrar en una fórmula matemática o en un atardecer, pero en no en los seres humanos. Aspiremos a formar seres humanos con integridad y trabajemos de forma consciente en ello con nuestros hijos.

Y es aquí donde deben implementar el concepto de sana desatención, de observar sin intervenir a la primera de cambio. Crecer es equivocarse. No se aprende a andar en bici sin caerse, ni a nadar sin tragar agua. Y es muy importante que los niños se eduquen en conocer y superar el fracaso sin hundirse en la frustración o peor aún, en la depresión. Trabajemos eso sí, en establecer límites. Y, sobre todo, confiemos en ellos y en nosotros. La crianza es un proyecto a largo plazo.

Permite que tus hijos se aburran un rato y deja de ser su animador o animadora sociocultural. Dale espacio, pero sobre todo tiempo, para jugar. Jugar es un derecho y una obligación, que no se nos olvide. Es fundamental para el desarrollo infantil. No te sientas mal si se aburren diez minutos. Déjalos que ellos aprendan a ir llenando sus tiempos libres, ellos solitos son capaces de crear cosas mágicas y divertidas.

 

 

Por: Erendira Paz
Psic. Clínica
Cédula: 8156408
Correo: erendirapaz2017@hotmail.com
Cel. (667) 996-3761

 

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