“Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo”. (Albert Einstein)

 

En cada una de las crisis que me han tocado vivir he sufrido casi al parejo de muchas otras personas. El sufrimiento, en buena parte, ha provenido de lo que todos pensamos, de manera catastrófica, sobre la duración y consecuencias del conflicto.
Es así que el origen, una vez más, se encuentra en lo que pensamos de lo que sucede, más que de los acontecimientos en sí mismos. Difícil es sustraerse de pensar acerca de la causa de los “problemas”, en especial para aquellos que han perdido sus bienes materiales. Entrecomillo la palabra problemas pues insisto que soy de la idea de que éstos se generan en el modo de pensar acerca de las cosas, que no de las cosas por sí solas.
Las crisis son oportunidades de cambio que nos gritan lo que no escuchamos cuando apenas se estaban gestando: que era momento de renovar, de hacer algo diferente para no volver a caer en problemas.
Uno mismo es quien debe descifrar la parte que es real de la crisis y la que es producto de su imaginación desbocada; en otras palabras: hacer el distingo por lo que toca a su área de influencia y lo que es su círculo de preocupación. El área de influencia es lo que sí podemos cambiar y el de preocupación —sobre el que no tenemos control alguno— lo podemos hacer tan grande como el temor y la fantasía nos arrastren a hacerlo.
Una vez centrados en lo que sí podemos cambiar, léase círculo de influencia, habrá que hacer todavía un esfuerzo adicional para inmunizarnos contra los catastrofistas y contra nuestros propios pensamientos de desastre.
Hay quienes recomiendan, como ejercicio de análisis y planeación, el pensar en el peor de los escenarios posibles y dicen: ¿qué sería lo peor que me podría pasar?… Pero, así, cada cual podrá entonces diseñar su propia muerte y su muy personal infierno.
Ahora bien, ¿y si pensamos en qué es lo mejor que nos podría pasar, aún con la crisis a cuestas? Eso, lo que consideramos como “lo mejor”, ¿acaso no sería un mejor curso de pensamiento y acción que pensar en lo peor? ¿Son los extremos opuestos del optimismo versus pesimismo? Quizás no, ya que el pensar con un realista y centrado optimismo nos puede llevar más rápido a cambiar y adaptarnos a las nuevas circunstancias, encontrando diferentes maneras de hacer las cosas, y así retomar el bienestar perdido.
Recién escuché a un amigo decir: “con esta crisis seguramente que mucho retrocederé en lo que había logrado”. Y tiene razón… desde el punto de vista de su métrica personal, y según con quién o contra qué se compare. Es obvio que a nadie nos gusta perder cuotas de bienestar. Sin embargo, hay dos aspectos a considerar en estos “retrocesos”:
– La vida no es un concurso. Aunque la mayoría así se lo tome. Si constantemente nos estamos midiendo y comparando, caeremos en un círculo vicioso que no tiene fin, pues siempre habrá alguien que, a nuestros ojos, tenga más que nosotros.
– El nivel de bienestar más importante es el de la consciencia. El de la persona, el del ser, y con un razonable grado de bienes y satisfactores materiales. Huelga decir que hay que comer, dormir, vestir, tener un techo decoroso, diversiones sanas. Y ya que logramos un razonable nivel de bienestar, el resto de “necesidades” son totalmente prescindibles. Podemos vivir —y bien— sin tantas exigencias sociales y consumistas… ¿Qué no fue así durante miles de años?
Afrontemos la crisis con reiterado optimismo, para fabricar un cambio positivo en nuestro pensar y actuar. Utilicemos el momento para revalorar lo que dábamos por sentado: la familia, la paz interior, la salud, los amigos y el disfrute de las cosas simples de la vida. Aprovechemos para quitar los estorbos de las cosas superfluas de nuestros quehaceres vitales.

 

 

Por: Rubén Manuel Sañudo Gastélum

Coach y Consultor de Empresas.
manuelsanudog@gmail.com
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