Es el carnaval de 1955 y en Culiacán se acostumbra, entre otras festividades propias de ese evento, asistir al Casino de la ciudad a divertirse; esto representa para mí un gran problema… Soy un niño (tímido) de apenas ocho años de edad. Se lo digo a mamá tal cual, menos lo de tímido, pero ella hace como que no escucha y sigue con los preparativos. No tengo la menor idea de qué es lo que hace uno en un carnaval para divertirse. Mi angustia se agranda al oir la prescripción materna:

– Anda, hijito, vete al Casino y diviértete mucho – me dice con un exagerado entusiasmo para evadir su responsabilidad de acompañarme. Y mediante la entrega de una bolsa de papel, conteniendo un montón de cáscaras de huevo rellenas de confeti, me empuja hacia la puerta que da a la calle.

 

Afortunadamente el Casino está a tan sólo tres cuadras de mi casa; así que, por lo que toca al transporte, está solucionado el primer obstáculo. Ya queda únicamente entrar al edificio y, nada más y nada menos, que darme a la tarea de divertirme.

 

Pero mamá no me da instrucciones de qué se trata ese asunto de la diversión. Entonces, sólo para complacerla, no muy convencido de su encomienda, tomo la bolsa con los cascarones de carnaval y me encamino  hacia el “centro de diversión”. Me hacía falta mi hermano Ernesto; vagamente recuerdo que estaba en México, D.F. haciéndose exámenes médicos, por su enfermedad.

Al llegar al lugar, acobardado me asomo a observar a la gente para averiguar  qué es lo que hacen para divertirse. Desde mi reducida óptica infantil  consigo ver que los asistentes, en su mayoría disfrazados, bailan, brincan, beben y se lanzan serpentinas y otros objetos.

 

La música que se escuchaba era lo típico de entonces, y de ahora: “La Tambora”, músicos populares que podían tocar cualquier melodía, aunque lo usual era que tocase lo regional o típico sinaloense. El número de integrantes de la tambora oscila entre los 14 y 20 elementos que tocan instrumentos como trompetas, trombones, clarinetes, tuba, tambora, bajo, tarola y platillos. Es música de temas populares, regionales y muy propios de la historia y la cultura sinaloense.

 

Recuerdo que la mayoría de los asistentes andaban disfrazados de “mascaritas”: así le decían a un gorro – desgraciadamente similar a las del Ku Kux Klan – que cubría completamente el rostro. Con tan sólo unas aperturas para los ojos y otra para la boca y nariz. La mayoría, para cubrir el cuerpo, usaban túnicas o capas (más desgraciadamente, también similares a las Ku Kux Klan).

 

Dado que el Carnaval es a finales de febrero o principios de marzo, el calor, insoportable en verano, aún no se siente. Yo no fui disfrazado, sino “casual”, lo que aumentó mi rechazo por la festividad – y de igual forma, en mayor grado, mi timidez-, puesto que estaba en desventaja: ellos podían saber quién era yo y yo no podía reconocerlos.

 

Cuando de pronto observo, y me digo a mí mismo ¡Ahí está el descubrimiento, Ricardito!, los cascarones son para quebrarlos, preferentemente en la cabeza, a cualquier compañero de festejo. Es así que veo, sin entender ni aceptar del todo, de qué se trata la indicación aquella de “diviértete mucho, hijito”.

Sin embargo, no me atrevo a entrar al salón principal. Tampoco me parece divertido andar tronándole en la mollera, uno o más cascarones, al primer prójimo con el que me tope. ¿Qué chiste puede haber en ello? Así que mejor decidí regresar a  casa… solo; pues solo es como me han enviado.

 

No recuerdo que hubiera más niños, sólo jóvenes y adultos… O quizá sí los había, lo más seguro es que los hubiera y yo no los noté. Ahí me siento solo y desangelado… Sin nadie con quien “divertirme”. La soledad es estar en medio de una fiesta a la que no te sientes invitado y sin nadie con quien hablar. Esa soledad que sentí de niño la he vuelto a sentir en la vida, pero peor, ya que ni siquiera voy armado con mis cascarones rellenos para defenderme de ella.

 

Pero aún está pendiente el encargo materno de  la diversión, y una bolsa repleta de cascarones por usar. La solución ha sido simple: tronar, en mi propia cabeza, diez piezas por cuadra hasta llegar a rendirle cuentas a mi madre y que ella me viera lleno de confeti: símbolo categórico de la diversión carnavalesca.

 

Al verme entrar a casa, ella pregunta: -¿ Te divertiste Ricardito? – A lo que atino a responder: “Sí mamá, mucho, ¡no me quedó ni un sólo cascarón por tronar!”.

Es el carnaval de Culiacán y el niño tímido del año de 1955.

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