“Y ahora permanecen la fe,  la esperanza y el amor, estos tres;  pero el mayor de ellos es el amor.” 1 Corintios 13:13

 

Me encanta esta época del año porque a las personas nos entra un sentimiento de amabilidad y solidaridad que durante los meses se va perdiendo por el afán y las prisas cotidianas; que no nos hace malas personas, simplemente olvidamos lo más esencial de la vida, que es vivirla y disfrutarla. Nos envolvemos en nuestro mundo, responsabilidades, pensamientos, problemas y situaciones por resolver a diario, que las relaciones y ser serviciales son cosas que dejamos a un lado como si siempre estuvieran ahí, esperando que las retomemos cuando tengamos un tiempo para ello.

Los últimos meses del año a mí en lo personal me gusta sentarme calladamente en mi silla, frente a mi libreta y retomo los propósitos que hice conmigo misma al inicio del año para hacer un balance del compromiso que hice y de mi responsabilidad de ser mejor persona para los que me rodean, los resultados me los reservo, pero es un ejercicio que permite valorar la vida sin tanto estrés y cargas que nosotros mismos nos echamos a los hombros, es una dinámica personal que motiva a continuar si los resultados fueron positivos y a comprometernos si por alguna razón poco a poco se quedaron en el camino, que al final no pasa nada, todo tiene su tiempo y las cosas llegan en el momento adecuado y perfecto.

Pero esta vez los voy a invitar a que en realidad visualicen su cena de Navidad y Año Nuevo junto a sus familias y qué es lo que desean sentir en ese momento, es decir, qué emociones quieren experimentar y qué recuerdos quieren guardar en su memoria para siempre; yo sé que dar y recibir regalos es muy bonito y alegra el alma, pero en el último año he adquirido la capacidad de despojarme de lo material y enfocarme en lo espiritual y emocional, aquello que realmente perdura para siempre dándonos estabilidad y sentido de pertenencia para con Dios y nuestros seres queridos. Valoro más la compañía que los cumplidos, los silencios que las fiestas interminables, el abrazo y cariño que instantes de placer, y es que la vida me ha enseñado la importancia de la familia, de su amor y sus cuidados renovando en mí una parte que quisiera todos vivieran a flor de piel, que el amor y la cercanía de los que más amas no tiene precio y no se compara con nada material que podamos recibir.

Es por eso que los invito a que regalen a los que no tienen, que abracen a los que no conocen y cuiden a los que están con ustedes siempre, que agradezcan a Dios y a la vida por un año más que termina, porque tuvieron la oportunidad de reír, llorar, crecer, aprender, madurar, amar y ser feliz, porque tal vez en el camino le dijeron adiós a una persona amada con la esperanza y la fe que algún día la volverán a ver. Tenemos tanto que agradecer que esta vez mi regalo será para sus corazones, para que fortalezca su espíritu y aquiete el alma abatida dándole paz.

Yo les regalo una mirada llena de bondad para que la compartan con quienes estén a sus lados, porque ser bondadosos hace que cualquier corazón triste se llene de alegría; una oración por sus necesidades, porque aunque cara a cara no nos veamos, sé que están en algún lugar y oro por su salud, paz, necesidades, pero también por sus alegrías, éxitos y victorias; el deseo diario de poner todos los planes en manos de Dios, porque cuando aprendemos a depender menos de nosotros y más de Él, las cosas fluyen y salen bien conforme a sus propósitos y buena voluntad; el anhelo de leer y aprender cada día algo nuevo, porque la sabiduría va ligada a la inteligencia que nos permite discernir cada situación y tomar mejores decisiones; el deseo de servir y la humildad para hacerlo, porque cuando ayudamos a los demás con corazón sincero, humildad y amor, la vida te devuelve en bendiciones cada acto fraternal; un abrazo lleno de fe, esperanza y amor deseando que este año haya sido hermoso y el que viene esté lleno de estos ingredientes, más la salud y prosperidad en todas las áreas de sus vidas. ¡Feliz Navidad y Año Nuevo 2020 con todo mi amor, Dios los bendiga enormemente!

 

 

Por: Lic. Olga Beatriz Pérez Berrelleza

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