Ya pasó un año en el que cambió la vida en el mundo entero y continuamos sin entender a ese virus el cual resulta impredecible e invisible, pero presente.

Hay dolor en muchas familias por la muerte de sus seres queridos, por esa falta de contacto físico, esos abrazos que te apapachan el alma.

Nuevamente surge la compasión por las personas enfermas, porque no hay dinero que alcance para los que la padecen, por esa incertidumbre de no saber cómo están, por esa impotencia de ni siquiera poder cuidarlos en casa o en un hospital cuando vivimos en una cultura donde la familia está siempre presente ante esas situaciones; por los que se quedan sin trabajo, por los que viven al día y no tienen qué comer, por los que viven asustados y encerrados, por los que mueren sin poder tener un ritual de despedida tan necesario para poder comenzar a procesar esa pérdida.

Si, el mundo cambió, la vida cambió, nosotros también cambiamos, yo cambié. No vamos a volver a ser los mismos. Nuestras prioridades nuevamente cambiaron, y digo nuevamente porque cada vez que nos ocurre una pérdida o catástrofe, abrimos los ojos para poder ver todo de diferente manera. Es como si en esos momentos despertáramos y nos permitiéramos ver el dolor, y detrás del dolor, se esconde el amor. Podemos ver y escuchar historias de mucha gente lo cual nos permite valorar que nuestra historia no es tan aterradora, siempre que volteas, hay algo peor por lo que te dirías: “esto yo no podría soportarlo”.

Éste despertar nos hace más humanos, nos quita de la vista lo banal, lo innecesario, lo que no es importante y nos permite sólo ver lo que realmente necesitamos.

El dolor nos hace vulnerables, permite que abramos nuestro corazón,   sentimos. Sentimos dolor, enojo, soledad, impotencia, culpa, tristeza, incertidumbre, miedo, etc. No nos han enseñado que el dolor es parte de la vida y nos han enseñado que no es bueno sentirlo, tampoco la tristeza, ni llorar, ni expresar nuestros miedos y enojos. Cuando el dolor toca tu corazón sientes y ni la mente puede aliviarlo, la mente te ayuda a esconderlo, guardarlo, reprimirlo pero seguirá latente por mucho tiempo. Se vuelve una carga pesada la cual cada día pesará más.

El dolor nos permite ver que lo más importante es el ser humano, son nuestros amigos y seres queridos que estén con salud, que no les falte comida ni techo porque el amor cubre todo lo que necesitamos.

Lamentablemente los hechos no los podemos cambiar, no podemos cambiar lo que pasó, cómo fue y el desenlace, pero el significado sí lo podemos cambiar.

Como lo mencioné antes, el dolor nos hace vulnerables, el dolor rompe con la dureza del corazón y esto nos permite valorar la vida y a las personas que forman parte de nuestra vida.

Uno de los objetivos del duelo es elaborar ese duelo el cual lo comparo con un túnel obscuro, cuando lo hayamos cruzado y podamos ver nuevamente esa luz, podremos transformar el dolor en amor.

Si ese ser querido dejó dolor en mi corazón, contacto con mis emociones, vivo mi tristeza, enojo, llanto, etc., los cuales voy liberando, ese espacio lo podremos llenar con ese amor que esa persona especial dejó en nosotros. En honor a esa persona, vivamos con alegría y amor porque así le gustaría vernos.

Comprendamos que la muerte es parte del ciclo natural de la vida, la muerte toca  a nuestra puerta y nos sacude, nos despierta, nos hace vulnerables, nos permite ser mejores con los que viven, no regresemos a ese sueño profundo donde lo banal sea más importante.

Transforma el dolor en amor y la vida y la muerte de tu ser querido habrán valido la pena.

Recuérdalo siempre con amor y por amor.

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