Abril siempre me conecta con el mes del Día del Niño y pienso en lo que conlleva, en su esencia.

Un niño es amor porque tan sólo su presencia nos llena de paz sobre todo un bebé podríamos estar horas contemplándolo y nos llenamos de ese  amor; inocencia, ver cómo un niño se sorprende ante cualquier detalle cotidiano, le puedes enseñar una hormiga y la contempla como un milagro, comer un helado podría ser la mayor felicidad, su mayor preocupación es jugar; viven el hoy, disfrutan el momento, no están pensando en el mañana; no hay rencor, pueden pelear, lo resuelven y listo como si nada hubiera pasado.

Pero ¿qué pasa con nuestra esencia?, ¿por qué la vamos ocultando? y digo ocultando porque nunca la perdemos, siempre está.

Las creencias sociales de educación, de las emociones, de lo que es bueno y malo, de lo que debemos hacer y cómo debemos ser para encajar en un nivel cultural y ser aceptados.

Cuando nos educaron fueron plasmando etiquetas, comparaciones, si cometíamos alguna acción buena o mala recibías el estigma de bueno o malo y es un error muy grande porque lo que no estuvo bien es la acción no tu esencia o no tienes esa habilidad pero tienes otras y surgen esos comentarios que te hacen sentir menos. Es muy importante cuidar las palabras, la forma de corregir y lo mejor que podemos darles es que se sientan amados.

Las emociones son, no son buenas ni malas y el permitirnos sentirlas, vivirlas no nos hace débiles al contrario. Los niños lloran, se enojan, gritan, ríen, abrazan, están tristes, si les duele algo les decimos que no pasa nada y los adultos hacemos que se traguen y repriman lo que sienten.

Los adultos no nos permitimos estar tristes, llorar, enojarnos, sentir dolor porque tenemos que ser fuertes cuando lo más sano es vivir las emociones y soltarlas para sanar.

Cuando tenemos una pérdida o alguna herida emocional se queda guardada en el corazón y cargamos ese dolor indefinidamente.

Qué error tan grande nos han inculcado, el ser humano, simplemente nuestra esencia es perfecta, no es posible que nuestras acciones, la educación, el color de la piel, el género, la religión, la economía nos definan para pertenecer a una jerarquía de valores, que eso le dé valor a la persona.

Todas éstas creencias van empañando a nuestro niño interior, nos van lastimando, nos van moldeando, nos van separando de las personas nos llevan al juicio, a la crítica, al rechazo, a la soberbia, al conflicto.

El ciclo de la vida es también perfecto, hay una curva del desarrollo físico y del espiritual. El físico llega una edad en la que estamos en la cima y después vamos en declive.

La espiritual va aumentar mientras el cuerpo se deteriora, todas las adversidades y el desgaste físico nos van preparando para volver a encontrar nuestra esencia, volvemos a ser niños, volvemos a ver la riqueza del ser humano.

Las pérdidas nos van dando la oportunidad de valorar lo que tenemos, a quien tenemos, nos vuelven más sensibles, empáticos, humanos.

Las heridas que traemos desde niños con el tiempo las podemos ir sanando, es un proceso de valentía reconocerlas, trabajarlas, soltarlas y transformarlas para quitar esos velos que nos fuimos colocando y empezamos a conectar con nuestra esencia.

Volvemos a ser niños, empezamos a descubrir la magia de la vida, esa capacidad de asombro, tenemos otro concepto del ser humano y de nosotros mismos, somos más generosos y empáticos.

¿Por qué esperar a llegar a la edad adulta para volver a ver la vida como niños?

Hay que empezar por creer en nuestra grandeza, amarnos y amar a todos y todo lo que hagamos.

Si amáramos como niños seríamos más felices y viviríamos en un mundo mejor. 

No esperes a que el otro cambie, si tú cambias, tu entorno cambia, tu mundo cambia.

Que el amor abrace tu corazón para que puedas abrazar con amor a todos los que te rodean.

Rescatemos a nuestro niño interior, volvamos a ver la vida como los niños, volvamos a ser niños, feliz día del niño y deja que la vida te sorprenda.

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