No sé qué tan conscientes somos de que esta pandemia ha hecho que miles de personas al mismo tiempo estemos viviendo un proceso de duelo, a nivel mundial. Muchos se preguntarán ¿un duelo? Y sí, esto ha sido un proceso de duelo que aún está lejano a terminar, al menos parece. Vivimos el duelo de haber perdido la normalidad de nuestras vidas y cada uno en su individualidad ha tratado de llevarlo de la mejor manera posible. ¿Cómo lo estaremos viviendo a nivel colectivo? ¿Se da espacio para vivirlo?

¿Podemos realmente darnos el lujo de tener pena, angustia, estrés o rabia? Pareciera ser que el sistema o la sociedad se ha encargado de hacernos pensar que aun estando en un proceso de duelo podremos hacer y cumplir con todas nuestras tareas y obligaciones como si nada pasara.

A los alumnos escolares y universitarios, que son nuestros hijos, y a sus profesores y comunidad escolar y universitaria, que son parte también de nuestra vida, se les ha exigido al extremo, olvidando por completo que estamos en una vivencia de pérdida, con todas las emociones que aquello conlleva. Nuestros hijos, así como nosotros, estamos interferidos a nivel emocional, lo que hace mucho más difícil que se cumpla el proceso para adquirir nuevos conocimientos. Aún “teniendo todo el tiempo del mundo” -lo cual es una fantasía- se les hace un tremendo desafío aprender y estar abiertos a la experiencia del aprendizaje.

A los profesores se les ha exigido a destajo a acomodarse a un sistema a distancia que, aunque cumple, dista mucho de lo todo lo que se necesita para que nuestros hijos realmente incorporen nuevos conocimientos. Además, en su tarea de enseñar se encuentran con alumnos que cansados, angustiados, enrabiados y apenados. ¿Nos estamos permitiendo realmente vivir el duelo o nos estamos sobre adaptando y sobre exigiendo como un colectivo? Porque si realmente nos estamos sobre adaptando, corremos el riesgo de reventar, cual olla a presión.

En estos meses nos han despojado de toda nuestra normalidad, de nuestros minutos de ocio, de nuestras distracciones y tiempos libres, del contacto social y nuestros vínculos. Se nos arrebataron todos nuestros planes para este 2020, sin embargo, se espera que rindamos como si nada pasara. Y pucha que está pesando en nuestra emocionalidad, que va de arriba abajo, sin tregua.

Todos esperan que funcionen con normalidad porque “tienen más tiempo que nunca para estudiar”, pero lamentablemente esa no es la realidad. Tendrán tiempo, pero no tienen el equilibrio emocional que da la vida diaria, donde puedes salir, distraerte, reírte en los recreos con tus amigos y ver a tu pareja durante la semana.

Y es que quizás nosotros, sus padres, también nos hemos sobre adaptado y entonces esperamos que sean capaces de rendir, como uno a duras penas lo está haciendo. Al menos yo apenas puedo con la mitad de la carga laboral que tenía el año pasado.

He bajado la atención de pacientes y he hecho un trabajo consciente por intentar mantener un equilibrio emocional que a ratos tambalea más de lo que me gustaría. Si para nosotros que somos adultos ha sido un desafío ¿cómo lo estarán llevando nuestros hijos? ¿Cuál será el costo emocional de toda a esta exigencia? Probablemente les cuesta mucho más verbalizar y mirar lo que les está pasando y les es más difícil pedir ayuda, porque deberían poder estudiar como siempre.

Debemos ayudarlos a verbalizar y priorizar, ayudarlos a equilibrar y a aceptar este tiempo de tormenta. Sentémonos a darle un significado a esta vivencia, a hablar de lo que les está pasando y cómo esto nos ha cambiado. Permitámonos vivir el duelo y poner el foco en mantenernos en armonía para enfrentar un día a la vez. Quizás aprenderán menos conocimientos duros, tendrán un promedio más bajo. Quizá no aprueben algunos ramos o congelen semestres. Pero no importa, porque nuestros hijos y nosotros lo estamos haciendo lo mejor posible en esta vivencia dura y de desconcierto.

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