“Lo que no me mata, me hace más fuerte.” (Friedrich Nietzsche)

 

La crisis personal, derivada de un fracaso, puede llevarnos a una profunda depresión, confusión y miedo. El camino hacia la recuperación puede hacernos resurgir con propósitos renovados y auto aceptación.
En ocasiones pasamos por alto una parte muy importante del proceso de fracaso-recuperación…
Una manera de ejemplificar ésta omisión es imaginar al hombre que perdió sus llaves, bajo un arbotante, y cuando se le preguntó por qué continuaba la búsqueda, a pesar del hecho de que las llaves ya no estaban ahí, él contestó que se debía a que… ¡era ahí en donde se encontraba la luz!
Buscamos la cura de las heridas que nos deja un mal negocio con mejores equipos, tecnologías, asesorías, innovaciones, cursos y demás. Debido a que, después de todo, es ahí donde situamos que está la lesión: en el negocio, y olvidamos que el mayor daño está en nuestra mente, y en la cultura y en el ambiente de la empresa. La manera de enfrentar el golpe, en el ámbito personal y empresarial, hace la diferencia en la recuperación.
Una buena manera para comprender un fracaso y su proceso de recuperación es personalizarla. Imaginemos que esta es nuestra historia y analicemos las fases naturales por las que hay que transitar para convertir el problema en oportunidad.

Primera fase. Seguramente estaremos confundidos, desorientados y conmocionados. Hay que aceptar que no desaparecerán estas emociones fácilmente, puesto que nos cala hondo. Queremos saber lo que ocurrió, qué tan grave es el perjuicio. ¡Queremos respuestas ahora!, y no las obtendremos rápidamente, así que habrá que esperar. Primero deberemos enfrentarnos al trauma y necesitamos los primeros auxilios. Posteriormente, podremos averiguar qué está mal, cuál es el diagnóstico y qué tratamiento será el indicado.

Segunda fase. El ánimo empieza a decaer enormemente. ¿Cuánto tiempo pasará antes de que volvamos a ser nuevamente productivos? No lo sabemos. Existen muchas voces, pero ninguna respuesta.
¿Qué conviene hacer? Por el momento, hay que mantenerse a flote, no precisamente empezar a tomar grandes decisiones. No es el tiempo de averiguar si retornará el éxito o si debemos claudicar. Requerimos de toda nuestra energía para enfrentar y reorientar nuestras emociones. Lo que necesitamos es de amistades que nos escuchen, sin dar consejos o tratar de consolarnos.

Tercera fase. Para salir del maremágnum de las emociones, debemos identificar lo que en realidad nos está perturbando, y puede que sea algo acerca de nuestra personalidad. Nos hemos compenetrado tanto con el rol que teníamos que nos sentimos perdidos sin él. Lo que afecta es la inactividad, el ocio o un sentimiento de invencibilidad que ha sido desafiado. Cualquiera que sea el problema debemos encontrarlo y encararlo. Esta es nuestra labor en este momento.
Exploremos nuestras interpretaciones sobre el fracaso. ¿Nos estamos culpando de lo ocurrido?, ¿culpamos a alguien más? Si es así, lo más probable es que todavía estemos enfrascados en la vorágine de las emociones.
Escuchemos nuestras reflexiones sobre los procesos de pensamiento, y esto es emocionalmente demandante. Los sentimientos de disgusto pueden alternarse con los de tristeza y depresión. Al trabajar en estas primeras fases y solucionar los problemas medulares, experimentaremos movimiento y posibilidades procedentes de negocio, de vida y trabajo, por lo que crearemos mayor energía, estados de ánimo más positivos y acción constructiva.

Cuarta fase. Ya hemos alcanzado un buen grado de comprensión sobre lo que nos ha fastidiado tan intensamente. Sin embargo, aún existe el dolor del fracaso. Es el momento de la información práctica. La hora de hablar sobre las emociones ya ha pasado.
La información debe proceder de nuestros asesores, consejeros, proveedores, clientes, empleados o de investigaciones específicas. También puede provenir de un análisis personal. ¿Quiénes somos?, ¿qué queremos ser?, ¿cómo pueden otras actividades ayudarnos a alcanzar nuestras metas personales? Debemos desarrollar estrategias para una óptima recuperación, y requerimos de nuevas opciones y oportunidades de negocios… si es que queremos continuar en ellos.

Quinta fase. Hemos analizado los hechos y examinado las opciones y recibido apoyo emocional de personas que también se han recuperado de un quebranto. Ahora, hay que unir las piezas como un rompecabezas, la que es una tarea privada. Supone el recapacitar y decidir cómo nos vamos a comprometer con las nuevas alternativas de vida y trabajo.
Se debe tener cuidado y paciencia, pues está la impresión de que se ha perdido terreno; nos invade la tentación de recuperar el tiempo y el dinero; si se presiona al resultado, éste no se produce, al menos no de manera óptima.

Sexta fase. La recuperación pudo haber tomado meses o más del año, pero ahora estamos nuevamente activos, acaso haciendo algo completamente diferente o realizando la misma actividad de manera distinta. Ya hemos salido adelante y estamos del otro lado. Ahora, en esta fase, nos sentimos triunfadores y sólo un poco sorprendidos.
Antes del fracaso, todo parecía marchar sobre ruedas. Posiblemente así era, pero ahora estamos aquí, más fuertes, más enteros y reconciliados con lo sucedido. Después de todo, no habríamos aprendido lo que hemos conocido. Nos conocemos mejor a nosotros mismos, a los verdaderos amigos, empleados solidarios y excelentes, aliados incondicionales, socios buenos y malos y hemos mirado lo inapreciable que nos parece nuestro mundo. Y apreciamos, también, la libertad que poseemos de ser realmente los mejores, debido a nuestra forma de vida, nuestras razones y a nuestras propias recompensas.

 

Por: Rubén Manuel Sañudo Gastélum
Coach y Consultor de Empresas.
manuelsanudog@gmaill.com
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