Hay preguntas que nos persiguen desde niños, queremos comprender el por qué a todo. Mi nieta tiene tres años y medio y para conocer y entender el mundo pregunta – Abua, ¿por qué se mueren las flores?, le respondo, me vuelve a preguntar – porque –  a la respuesta que le di, le vuelvo a dar una explicación más profunda a la anterior y nuevamente – ¿Por qué?- y llega un momento en el que se me terminan las respuestas.

Queremos respuestas que nos aclaren las situaciones para poder entenderlas.

Cada vez que nos sucede una adversidad o un problema queremos entender por qué pasan las cosas y nos sumergimos en un mar de incógnitas, de preguntas sin respuestas que atormentan nuestra mente, nuestro cuerpo y nuestro corazón.

¿Por qué murió mi ser querido?

¿Por qué tengo ésta enfermedad?

¿Por qué estoy en éste trabajo si no me gusta?

¿Por qué llueve tanto y cuando no llueve porque no llueve?

¿Por qué a ellos les va bien y a mí no?

¿Por qué la gente sonríe?

¿Por qué hay hambre y violencia en el mundo?

¿Por qué la pandemia?

¿Por qué lo llevé al hospital, o por qué no lo llevé al hospital?

¿Por qué Dios permite tanto sufrimiento?

Los porqués son interminables, necesitamos y queremos respuestas para comprender lo que pasa o para buscar un culpable.

Las respuestas las queremos encontrar en los demás, en las circunstancias, en Dios, sin embargo, si queremos respuestas tenemos que cambiar la pregunta de ¿Por qué? a ¿Para qué?

La realidad es que cada vez que tenemos una pérdida o un problema surge un cambio interno en nosotros mismos, despertamos, abrimos los ojos a un nuevo horizonte, a una nueva verdad.

Cada situación que vivimos tiene un para qué y si revisas tus pérdidas encontrarás un cambio en ti aunque eso no significa que en el momento de la pérdida no haya habido dolor o no hay dolor en este momento. Ese cambio en tu vida te deja una enseñanza.

Pongo de ejemplo la pandemia que es un tema que a todos nos ha afectado. Tuvimos un cambio en nuestra vida cotidiana, nuestra normalidad se volvió anormal y esa anormalidad nos está enseñando algo.

Hoy podemos valorar la libertad, el poder salir de casa sin la preocupación de poder contagiarnos o contagiar a alguien; el contacto humano, abrazar a alguien se ha vuelto un lujo y una necesidad, cuando podamos volver a hacerlo nuestros abrazos serán llenos de amor; volteamos a ver a los que están en desventaja social, nos volvimos generosos y pudimos ver que no necesitamos muchas cosas para vivir, etc.

Haz una lista de cosas que aprendiste en este tiempo, aún si lamentablemente perdiste un ser querido, hubo un despertar en ti, a lo mejor te hace vivir intensamente porque vemos la fragilidad de la vida separada de un halo de luz de la muerte.

Para qué me pasó esto que viví, para qué estás aquí, que te falta por hacer,  dar y  decir y esto nos lleva a hacer una introspección en nosotros mismos. Las respuestas son únicas y personales, las tenemos en nuestro interior y cada uno las veremos de acuerdo a lo que necesitamos ver y aprender.

La vida es la escuela de la vida, cada situación es un examen, un aprendizaje si así lo queremos ver y el día que la muerte nos abrace, ese día será nuestra graduación.

Bendiciones

Leave a comment