“Al final, la Navidad es como los caramelos; se deshace lentamente en tu boca, endulza tus sentidos y te hace desear que durase para siempre”.
Richelle E. Goodrich

 

Resulta fatigoso remachar, y más en esta época, lo “anormal” que ha sido este año del 2020, a nivel mundial e individual. Peor aún, que varios de nuestros seres queridos, amigos o conocidos, fueron afectados por la Pandemia, y algunos dejaron este Mundo. Triste, pero real.

No obstante, precisamente por ser época navideña, invito a seguir con unas reflexiones. Primero, que, con toda intención, en líneas arriba, entrecomillé la palabra anormal; pues ¿qué es lo “normal”? Para la gran mayoría lo “normal” – y por eso se habla con insistencia de regresar a la “nueva normalidad” – es lo que había, y que ya no hay nada de eso, o muy poco. Está de sobra hablar del enorme cambio social, anímico, económico, político, sanitario, que ha provocado este virus, y del “manejo” que se le ha dado: una muy cuestionable conducción, que no sería motivo de este espacio.

Nos resistimos a aceptar que la vida nos cambió, que ya no habrá esa “normalidad” que tanto se extraña; y por eso muchos se repiten aquella frase de que “Todo tiempo pasado fue mejor”, aludiendo así a que lo de antes era “normal”, pues era mejor, más feliz. Por el contrario, Ernesto Sábato, el famoso escritor argentino, escribió: “La frase ‘todo tiempo pasado fue mejor’ no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que – felizmente – la gente las echa en el olvido”; así como echamos al olvido que ahora, y antes de esta Pandemia, hay millones de muertes por hambre, por guerras, delincuencia, y diversas enfermedades.
¿Cuestión de enfoques?… Sí, y también de perspectiva histórica y de haber vivido muchos años en zonas de confort que ahora están siendo cuestionadas, si es que no destruidas. Por ello, nuestro cerebro-mente se resiste a aceptar lo que está sucediendo, y ansía volver a lo que fue, pero que ya no será igual.

No pretendo echar más aflicción en el contexto, y menos en esta época navideña. Lo que sí procuro es convocar de nuevo a la reflexión, en el mejor deseo de que – producto de ello – nos cubra el manto de la aceptación de lo que es, de lo que hay. Advierto que la aceptación equivale a la rendición, a dejar las cosas en manos de Él, y que rendirse no significa dejarse vencer, significa soltar el pasado y descansar de esa lucha contra lo imbatible, contra lo que no podemos cambiar – al menos con el esfuerzo individual. Lo que sí podemos cambiar, aunque sea cansado repetirlo, son nuestros paradigmas y pensamientos e interpretaciones, y por ende las acciones frente a lo que es -: “Es lo que hay”, decía mi abuelo, cuando tropezaba con situaciones imposibles de cambiar.

Finalizo con una historia verídica, conocida como “Tregua de Navidad”, con el propósito de que ello arroje Paz en nuestras vidas y nos conciencie de que aún en tiempos difíciles se puede tener acceso a momentos de felicidad.

La “Tregua de Navidad” fue una serie de ceses al fuego, no oficiales, que se extendieron a lo largo del frente occidental en la Primera Guerra Mundial, alrededor de la Navidad de 1914.

La tregua se produjo cinco meses de comenzada la guerra. Las hostilidades se habían calmado mientras los líderes de ambos bandos reconsideraban sus estrategias luego del estancamiento en la Carrera al Mar y el resultado indeciso de la Primera Batalla de Ypres. En la semana previa al 25 de diciembre, soldados franceses, alemanes y británicos cruzaron las trincheras para intercambiar saludos y charlas estacionales. En algunas áreas, hombres de ambos bandos se aventuraron en la tierra de nadie, durante la Nochebuena y Navidad, mezclándose e intercambiando comida y suvenires. Hubo ceremonias funerarias conjuntas e intercambio de prisioneros, mientras que muchos encuentros terminaron en cánticos de villancicos. Se disputaron partidos de fútbol entre bandos, creando una de las más memorables imágenes de la tregua. Las hostilidades continuaron en algunos sectores, mientras que en otros las partes realizaron acuerdos solamente para recuperar cuerpos.

Las treguas no eran exclusivas del periodo navideño y reflejaban un estado de ánimo de “vive y deja vivir”, donde la infantería dejaba de comportarse abiertamente agresiva y a menudo participar en fraternización a pequeña escala, conversando o intercambiando cigarrillos. En algunos sectores, hubo ceses al fuego ocasionales para permitir a los soldados pasar entre líneas y recuperar a compañeros heridos o muertos, en otros, hubo un acuerdo tácito de no disparar mientras los hombres descansaban, hacían ejercicio o trabajaban a la vista del enemigo. Las treguas navideñas fueron particularmente significativas debido a la cantidad de hombres involucrados y el nivel de su participación (incluso en sectores tranquilos, decenas de hombres congregándose abiertamente a la luz del día fue extraordinario) y a menudo se veía como un momento simbólico de paz y humanidad en medio de una de las guerras más violentas de la historia.

Hagamos una tregua universal que irradie más allá de la Navidad, una tregua que dure por siempre, en la que florezca la empatía y se reivindique el amor por el prójimo.

 

Por: Rubén Manuel Sañudo Gastélum
Coach y Consultor de Empresas.
manuelsanudog@gmaill.com
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